Al fin, cansada de golpearle, se dejó caer a su lado en el diván. Reynoso, acometido de un acceso de tos, estuvo algún tiempo sin hablar.
—¿Pero es de veras que quieres ir a Madrid?
—Mira, Germán, no empecemos, o...
Y se levantó otra vez para echarle las manos al cuello.
Reynoso cogió al vuelo aquellas lindas manecitas y trató de llevarlas a los labios.
—¡No! ¡no!
—¿Qué quiere decir no?
—No quiero que me beses... no quiero... Eres un gañán... Te pasas la vida haciendo burla de mí...
Y se defendía furiosamente. Al cabo se dejó caer de nuevo en el diván, se llevó las manos al rostro y se puso a llorar.
—¡Hija mía, no llores!—exclamó Reynoso conmovido.