—¡Sí, lloro! ¡lloro...!, y lloraré hasta que se me pongan los ojos malos—decía sollozando con dolor cómico—. Porque eres muy malo... Porque te complaces en hacerme rabiar... Si no quieres ir a Madrid, ¿por qué no lo dices de una vez...? Y no que te pasas la vida atormentándome...

—¡Atormentándote, Elena!

—Sí, sí, atormentándome.

—Mira, prefiero que me arranques el bigote a que me digas eso.

—¡Oh, no por Dios! ¡Qué feo estarías sin bigote!—exclamó separando sus manos de los ojos, donde brilló una sonrisa maliciosa detrás de las lágrimas.

Reynoso aprovechó aquel furtivo rayo de sol para consolarla. Pero no fue obra de un instante. Elena estaba muy ofendida, ¡mucho! Era preciso que el detractor cantase la palinodia, hiciese una completa retractación de sus errores.

—Confiesa que tienes más ganas que yo de ir a Madrid.

—Lo confieso a la faz del mundo.

—Porque te aburres aquí.

—Porque me aburro soberanamente.