—Y porque necesitas un poco de expansión con tus amigos.
—Y porque necesito mucha expansión.
—¿Bromitas todavía, socarrón?—exclamó la mujercita tirándole de la nariz.
En aquel momento se oyó el ruido de un coche en el patio.
—Ya está ahí Tristán... Sal tú a recibirlo... Voy a peinarme y vestirme en un periquete. Adiós, gañán... ¡Toma, por malo! (Y le dio una bofetada.) ¡Toma, por bueno! (Y le dio un sonoro beso en la mejilla...) ¡Rosario! ¡Rosario! Venga usted a peinarme.
III
¡QUIETO, FIDEL!
El joven que descendía del carruaje en el momento en que don Germán ponía el pie en la escalinata era alto, delgado, de agradable rostro ornado por unos ojos de suave mirar inteligente y por un pequeño y sedoso bigote negro. Se saludaron alegremente con un cordial apretón de manos.
—No entremos en casa—dijo Reynoso—. Clara anda por ahí cazando y Elena se está vistiendo. Vamos a la glorieta a descansar y tomaremos una copa de vermut o de cerveza, lo que tú quieras.
Se introdujeron en el parque, penetraron en la glorieta de pasionaria y madreselva y se acomodaron en dos butacas rústicas de paja delante de una gran mesa de mármol. No tardaron en servirles los aperitivos pedidos por el amo.