Al fin llegó monseñor Isbert que debía bendecir la unión de los jóvenes. Era un prelado doméstico de S. S., hombre de mundo, jovial, diplomático, tolerante. Por estas razones gozaba de gran crédito en la alta sociedad madrileña y había casado ya un número considerable de sus miembros. Señoras y caballeros le rodearon al instante y gozaron de su conversación culta y jocosa. Cuando se hubo cansado monseñor sacó el reloj.
—Ya se acercan las cinco—manifestó dirigiéndose con graciosa sonrisa a Araceli—. Perdone usted, señorita, que le recuerde el dulce y solemne momento que se aproxima en que cumpliendo los mandatos divinos entregará usted su libertad al elegido de su corazón.
Araceli bajó los ojos ruborizada.
—¿Dónde está el novio?—preguntó después monseñor con su voz clara y pastosa de orador.
—Eso es, ¿dónde está el novio?—preguntaron algunos dirigiendo miradas en torno.
—¿Dónde está Gonzalo? ¿donde está Gonzalo?—repitieron otros.
Al fin se le halló en un gabinete solitario sentado, con la cabeza entre las manos.
—¿Qué es eso?—se apresuraron a preguntarle su madre, su novia y las personas que se le acercaron corriendo—. ¿Qué te pasa? ¿Te sientes indispuesto?
—Sí, me siento mal.
Y al levantar la cabeza dejó ver un rostro tan pálido que su madre dio un paso atrás, aterrada.