—Sí, me siento mal, ¡muy mal!
Apenas había pronunciado estas palabras una ola de sangre se escapó de su boca. Gritaron las mujeres, se conmovieron los hombres, acudieron los criados. Todos están tan asustados que no saben más que gritar:
—¡Un médico...! ¡una jofaina...! ¡un vaso de agua!
El vómito fue terrible. Pensaron que se quedaba en él. Cuando cesó le transportaron a una cama en las habitaciones que había ocupado Tristán de soltero. El doctor Ustariz, que se hallaba como invitado entre los presentes, le prodigó sus cuidados. Sin embargo, pocos minutos después le repitió el vómito. El doctor se apresuró a hacer salir del cuarto a todo el mundo, haciendo seña a monseñor Isbert para que se acercase. El sacerdote le dio la absolución de sus pecados sin oírlos, porque el pobre Gonzalito no volvió a pronunciar otra palabra.
XVIII
LA FLECHA DEL DESTERRADO
La masa de follaje del Sotillo se teñía de amarillo. Con una ojeada perezosa y distraída Elena abrazaba el bosque y el vasto horizonte, fijándola con insistencia en sus confines azulados. Aquel noviembre venía seco, pero frío ya. El aire era transparente, la sierra tomaba un color de violeta obscuro, la llanura se teñía de gris; por el ambiente corrían las frías claridades, el aliento fresco que denunciaba la proximidad del invierno.
—No hace más que cuatro días que la señorita ha llegado y ya parece otra—dijo la doncella que se hallaba a sus pies arrodillada cambiándole el calzado.
—Sí, el Escorial me ha probado siempre bien—repuso la señora sin apartar su mirada distraída del horizonte.
—¿Por qué no viene más a menudo?—se atrevió a preguntar la mimada doncellita.