Elena no contestó.

Al cabo de un rato apartó los ojos del paisaje y los volvió al armario de espejo que tenía delante. Se miró prolongadamente en la luna y murmuró como si hablase consigo misma:

—¡De todos modos me encuentro bien cambiada, bien decaída, bien fea!

—¿Cómo fea?

La doncellita protestó con todas sus fuerzas de aquella monstruosa aserción. Jamás había estado tan hermosa la señorita.

—Parece mentira—prosiguió ésta—que una fiebrecilla gástrica me haya arruinado tanto.

—Quince días en el campo y se pondrá la señorita tan gorda que habrá que enviar todos los trajes a la modista.

—¡Más, más...! Me convendría tal vez pasar todo el invierno aquí.

La doncellita se puso seria. ¡El invierno! ¡Alegre humor echaría su novio el encargado de la tienda de ultramarinos de la calle de Olózaga si tardase más de quince días en volver a Madrid! Así que trató por todos los medios que estaban a su alcance (que no eran muchos) de disuadir a la señorita. Esta parecía no escucharla. Sus ojos volvieron a perderse al través del balcón abierto en las lejanías del horizonte inmenso. En vano tocó los recursos que en otras ocasiones habían surtido efecto para distraerla, los vestidos, los sombreros, las reformas de la casa, los coches. Elena permanecía absorta, ensimismada, sin dignarse siquiera volver la cabeza. Viendo sus esfuerzos defraudados, la doncellita adoptó el acuerdo de salirse de la estancia sin hacer ruido.

El Sotillo le causaba ahora una impresión extraña, mezcla de dolor y de alegría, de agitación y de sosiego. Desde el día fatal, hacía ya más de un año, en que su esposo huyera para siempre, no había puesto los pies allí. Pero desde hacía ya tiempo soñaba con él. Su espíritu se volvía hacia aquel paraje ansiando la frescura de sus árboles, el rumor de sus aguas, la paz de su ambiente. ¡La paz, la paz! Esto era lo que necesitaba su cuerpo gastado, su corazón deshecho. La carta de su marido le había producido el efecto de un rayo. Cayó de bruces sobre el suelo privada de conocimiento. Cuando la alzaron y la transportaron a la cama se le declaró una violenta fiebre que la tuvo postrada muchos días y amenazó su vida. Durante su enfermedad ni Clara ni Tristán ni Visita parecieron por su casa. Sólo Marcela Peñarrubia la veló como una hermana cariñosa. Cuando entró en convalecencia supo por ella que Tristán había provocado secretamente a Núñez y que éste había rehusado el duelo alegando que no era él quien tenía derecho a exigirle una reparación. Entonces Tristán le había abofeteado. No otra cosa buscaba el pintor para tener la elección de armas, pues aunque no era cobarde, ninguna gracia le hacía servir de blanco a la certera puntería de su amigo. Se batieron a espada y Tristán salió herido ligeramente en el brazo derecho. Después se vio rodeada por aquellas amigas de última hora, Marcela Peñarrubia, Enriqueta Atienza, Rosita León y sus respectivos amantes que la asistían y la mimaban con asiduidad conmovedora.