Pero en cuanto pudo salir a la calle fue a casa de Visita resuelta a enterarse adónde había ido su marido y correr a pedirle perdón. En ver a Clara y Tristán no soñaba siquiera. La recibió Cirilo con ceremoniosa cortesía hablándole de dinero, presentándole cuentas y libros, anunciándole que al día siguiente le enviaría los intereses vencidos de las acciones del Banco. Visita no se presentó. Se hallaba un poco indispuesta, al decir de su esposo. Salió de aquella casa con el corazón tan apretado que en cuanto montó en el coche estalló en sollozos. No se había atrevido siquiera a pronunciar el nombre de su marido. Cuando llegó a su casa escribió una larga carta a Tristán. Este no le contestó. Entonces la pobre mujer, rechazada y despreciada por todos los deudos y amigos de Reynoso, aislada y avergonzada se dejó marchar por la suave pendiente que delante se le ofrecía. Recibió por fin a Núñez, que diariamente le enviaba billetes inflamados; intimó con las amigas que se desvivían por distraerla y entró a formar parte de aquella sociedad divertida y galante. Fue una rebelión, una necesidad de su naturaleza, que de otro modo hubiera sucumbido.

Y para más aturdirse, para olvidar la pena que le roía el alma fue más allá de lo que la prudencia aconsejaría a una mujer en su caso. Lanzose a una vida de placeres ruidosos; teatros, paseos, partidas de tresillo, tiendas, modistas, cenas a última hora con sus flamantes amigas y adláteres. Estas no la dejaban ni de noche ni de día. Gustavo Núñez la mantenía en perpetua risa con sus bromas picantes y excéntricas. El lindo hotel de la Castellana se convirtió en centro bullicioso de placer. Elena se entregaba a él más que con pasión con verdadera rabia. No quería quedarse sola un instante, y para evitarlo intentaba nuevos pretextos y correrías, derrochaba a manos llenas las rentas cuantiosas que Cirilo le entregaba cada trimestre. Naturalmente, no había mujer más mimada, más agasajada de sus amigos. Todo el mundo estaba pendiente de su sonrisa, de sus gestos, de su apetito y no se escatimaban los medios de divertirla y aun aturdirla.

Así transcurrió un año. Al cabo, aquella vida, más que agitada, febril, agotó sus nervios. Acometiole un decaimiento físico y moral que en vano trataron de combatir los que a la continua la rodeaban. El primero que sintió los efectos de este desmayo fue Núñez. Hasta entonces Elena había sido con él, si no extremadamente afectuosa, a lo menos complaciente, risueña, generosa, una querida agradable en suma y que le realzaba en la sociedad que frecuentaban. A última hora empezó a mostrarse fría, exigente, caprichosa y sobre todo a sentir una extraña melancolía que la tenía horas enteras taciturna, sin poder arrancarle ni una sonrisa ni una palabra. Elena empezó a meditar. Aquella cabecita ligera, evaporada, principió a darse cuenta vagamente del carácter de la gente que la rodeaba, sobre todo del carácter de su amante. Este había principiado por mostrar con ella un desinterés desdeñoso, susceptible, que aun haciéndola sufrir un poco no dejaba de lisonjearla en el fondo. Hasta tal punto parecía celoso el pintor de su dignidad que no podía hacerle el más corto obsequio sin que al día siguiente se viera regalada con otro de más precio. Sin embargo, con el tiempo fue cambiando este modo de ser, se dejó mimar y regalar sin protesta, comía casi a diario en casa de ella y aceptó por fin que Elena abonase los gastos de un viaje que hicieron por Francia y Alemania. Duró cerca de dos meses, se gastó por largo, y la galantería de Núñez sufrió en el curso de él bastante menoscabo. La vida íntima, marital, descubrió a los ojos de Elena los puntos negros de aquel temperamento tan jovial y simpático en sociedad. Dominante unas veces hasta la brutalidad, otras incisivo y cruel y casi siempre egoísta, hacía recordar a Elena la paciente dulzura de su marido, aquella galantería nunca desmentida, aquella protección paternal que tanto calor daba a su corazón. Elena no era mujer de pasiones ardientes; poseía un temperamento infantil; la gran necesidad de su vida era la de ser mimada. Defraudada en este impulso de su naturaleza y no sabiendo fingir, pronto empezó a mostrar a Núñez un claro desvío. Cuando habían llegado de Alemania, a fines de octubre, estaba harta ya de aquel hombre.

Si no rompió con él abiertamente fue por miedo no tanto hacia él como hacia la camarilla que le rodeaba. Sentíale apoyado por todas sus amigas y creía la inocente de buena fe que si le despedía éstas se despedirían también y volvería a quedarse sola. ¡Buena gana tenían de hacerlo! Aquellas amiguitas la utilizaban lindamente. Comían bien en su casa, asistían al teatro en su palco, iban a paseo en sus coches y además de vez en cuando le tomaban algún dinero prestado. La condesa de Peñarrubia se lo había pedido dos veces, una seis mil pesetas y otra diez mil para un negocio seguro según decía. De todos modos Elena no volvió a ver su dinero. Últimamente al regresar de Alemania Marcela vino a proponerle que comprase acciones de una mina de plata que su amigo común el vizconde de las Llanas poseía en Albacete. Se trataba solamente de un desembolso de veinte mil pesetas que antes de un año se convertirían en cuarenta mil. Elena no las tenía en aquel momento, pero no las hubiera entregado aunque las tuviese. Había entrado ya la desconfianza en su espíritu. Esta desconfianza se hizo más viva cuando observó el mal humor que mostró Núñez al conocer su negativa. No pudo menos de sospechar, viendo su gesto de contrariedad, que Marcela y él estaban en connivencia. Tal sospecha, que el recuerdo de otros incidentes autorizaba, convirtió su desvío en desprecio. Pocos días después se vio precisada a guardar cama; la fatiga del viaje y las comidas de hotel habían estropeado su estómago. Mientras estuvo enferma meditó mucho: la fiebre exaltaba su imaginación, exacerbaba su aburrimiento, hacía crecer los agravios que creía haber recibido de su amante. Cuando se levantó del lecho estaba decidida a romper sus relaciones con él. Se hallaba harta de aquel sinapismo. Se quedaría sola, trasladaría su residencia al extranjero, entraría en un convento, tomaría otro amante, ¡todo, todo menos continuar unida a aquel pomito de ácido nítrico! Sin decirle una palabra ni avisar tampoco a ninguna de sus amigas, en cuanto se sintió con fuerzas para ello se trasladó un día al Sotillo. Desde aquí había escrito a Núñez una carta anunciándole que estaba resuelta a cortar el lazo amoroso que los unía. No queriendo decirle el motivo real que a ello le impulsaba y no siendo extremadamente hábil en el género epistolar, se perdía en una serie lamentable de frases sin sentido, reticencias y exclamaciones inútiles. Cuando leyó la carta antes de enviarla comprendió que no estaba bien, que todo aquello era ridículo. Sin embargo no quiso escribir otra. Alzó los hombros con desdén y exclamó sonriendo maliciosamente:—«¡Bien está! Que lo tome como quiera.»

En el Sotillo sintió los únicos momentos de sosiego que había disfrutado desde hacía quince meses. Una dulce melancolía penetraba en su alma al contacto de aquellos sitios donde tan feliz había sido. Le parecía que su dicha no había muerto, que aún estaba allí guardada esperándola. Vagamente soñaba con ver surgir del parque la gran figura atlética de su marido y escuchar su risa sonora. No era posible, no, que todo aquello hubiera muerto para siempre. Recorría la casa, se tendía sobre el sillón de lectura de su marido, escrutaba el parque, daba de comer a las palomas y esperaba. Una esperanza irracional pero no por eso menos poderosa se había apoderado de su alma en aquellos cuatro días; sentía la impresión del que se halla soñando una siniestra pesadilla y guarda la conciencia de que lo es y no tardará en despertar. No había subido al pueblo, nadie había venido a visitarla ni aun sus mismos parientes, acaso porque no supieran que estaba allí. Sin embargo, aquella excitación placentera que acude siempre en toda convalecencia como una resurrección de la vida comenzaba a ceder. El cuervo de la soledad y el desconsuelo comenzaba a batir ya las alas negras sobre su frente. Aquella pequeña y tersa frente de estatua griega sentía su sombra y se obscurecía.

Elena dejó escapar un suspiro, apartó sus ojos extáticos del horizonte y se alzó del asiento. Miró el reloj de la chimenea: eran las once. Tomó el quitasol y bajó al parque. Hasta entonces no había salido de él, satisfecha de recorrerlo en todos sentidos, de tocar sus flores, de acariciar sus árboles y sentarse largas horas en el gran cenador leyendo una novela. Ahora le había entrado curiosidad de verlo todo, un deseo vivo de espaciarse por el campo imitando a su cuñada Clara. De buena gana hubiera tomado una carabina como ella. Entró en el bosque y lo atravesó con pie ligero: la sombra espesa aún de su follaje la sofocaba. Cuando los árboles se enrarecieron dejando paso a los rayos del sol se detuvo un instante y respiró a plenos pulmones con la sonrisa en los ojos. Y ya más libre y tranquila siguió caminando lentamente entre las encinas y chaparros hasta tocar en los bordes de la laguna. Una lancha estaba amarrada a la orilla: saltó sobre ella con alegría y no habiendo remos se balanceó un rato gozando la grata impresión de hallarse a flote. ¡Lástima de remos! Si los tuviera se habría lanzado al medio segura de no haber olvidado aún su manejo. Con pesar volvió a saltar a tierra. Un poco más allá vio la columnata del vetusto cenador derruido, atravesó el puente brincando sobre los agujeros que habían dejado las piedras desprendidas y se sentó entre la maleza de los espinos y acacias que lo envolvían. Se acordó del último banquete que allí se había celebrado. ¡Qué feliz, qué inocente era entonces! ¡Cuán poco podía presumir lo que le aguardaba! La frente arrugada, los ojos serios, volvió a pasar el puente y marchó por el monte a paso más vivo. Los árboles se hicieron cada vez más raros y más bajos, la maleza obstruía los senderos. En algunos sitios libres crecían el tomillo y el romero. Acometida de un fuerte enternecimiento al recuerdo de su marido arrancó algunos puñados y se los llevó a la nariz con los ojos mojados de lágrimas. Pero allá más lejos una columnita de humo blanco se elevaba hacia el cielo. Sin darse cuenta marchó hacia ella, pero cerca ya se detuvo vacilante. En torno de una hoguera donde ardían hojas y ramas secas se hallaban de pie y fumando algunos pastores y mozos de labranza. Quiso volverse acometida de una vergüenza inexplicable, pero ya la habían divisado y el tío Leandro venía hacia ella con el sombrerete en la mano.

—Buenos días tenga nuestra ama, ¡buenos días! Ningún pájaro hay aquí más alegre cuando sale el sol que nosotros lo estamos viéndola por sus posesiones, mi señora.

—Gracias, gracias. Todos están buenos, ¿verdad?—profirió Elena con extraña timidez y deseos de volverse.

—La salud es la riqueza del pobre. Viene el agua, viene la escarcha, calienta el sol hasta quemarnos, pero todo eso no nos quita de dormir a pierna suelta y comer lo que hay con apetito.

—Pues lo demás vale bien poco—murmuró Elena con un suspiro.