—Ya teníamos viento de que había llegado la señora y que había estado un poco enferma...
—Sí, sí... he estado enferma, pero ya estoy bien—respondió con un poco de impaciencia.
Los pastores y los mozos se habían ido acercando lentamente, todos con sus sombreros en la mano, avergonzados y confusos con una estúpida sonrisa estereotipada en el rostro. Elena estaba más confusa que ellos.
—¿Y los rebaños han crecido?—preguntó haciendo un esfuerzo por recobrar su aplomo.
No, los rebaños no habían crecido. El ganado lanar estaba de baja. Una enfermedad maligna había entrado por las ovejas y se había llevado muchas. En cambio las vacas tenían unos terneros muy lucidos. El pastor de las vacas trató de llevar a la señora para que los viese, pero ésta manifestó que no tenía tiempo: por la tarde o al día siguiente los vería.
—¿A que no sabéis por qué viene la señora en este tiempo?—preguntó con increíble finura y sonriendo con una boca que le llegaba de oreja a oreja el zagalón Felipe.
Nadie respondió. El tío Leandro dirigió hacia él los ojos con inquietud.
—Pues a recoger la bellota—profirió rotundamente después de haberse gozado en tenerlos unos instantes suspensos.
—¡Celipe, Celipe, no seas burro!—exclamó el tío Leandro con acento severo.
—¡Anda!—replicó Felipe encrespándose—. ¡Pues poco que se recreaba el amo el día de San Eugenio viéndonos cargar con los costales llenos y emborrachándonos dimpués! Bien seguro que allá por las Américas no se reirá tanto ese día como aquí se reía.