Las mejillas de Elena enrojecieron al oír mentar a su marido. El tío Leandro, que algo sabía a qué atenerse sobre el viaje de don Germán, clavó una mirada iracunda sobre el bárbaro zagal y se le vieron intenciones claras de arrojarse sobre aquel «piazo animal».
De esta confusión vino a sacar a Elena una voz que sonó a su espalda.
—Estoy convencido de que hubiera podido ser un gran explorador de tierras vírgenes. He llegado hasta aquí perfectamente sin planos y sin brújula.
La sangre de Elena se agolpó a su corazón dejando las mejillas pálidas.
—¿Verdad que ni Marco Polo ni Magallanes lo hubieran hecho mejor que yo?—dijo Núñez avanzando hacia ella con la mano extendida. Su rostro pálido de barba partida sonreía con la acostumbrada expresión irónica. Elena no pudo reprimir un gesto de disgusto, pero recobrándose súbito le tendió la mano con un esbozo de sonrisa.
—¡Ya, ya! Hay que darle a usted una condecoración por su audacia.
—La fortuna nos ayuda siempre a los audaces—replicó el pintor recogiendo la intención que parecía desprenderse de las palabras de Elena. Y echando una mirada en torno:—¡Pero ésta es una escena de la antigüedad griega! Penélope sale de su palacio, recorre sus dominios en la rocosa Itaca, encuentra a Eumeo y sus zagales celosos guardadores de sus manadas de puercos, y departe con ellos.
—Escena que usted ha venido a interrumpir con su figura y sus aires modernistas—dijo Elena sonriendo, pero con voz ligeramente cambiada.
—La hospitalidad es la única virtud que resplandece en los poemas griegos. Soy un pobre viajero que cansado y hambriento viene pidiendo una tarima donde descansar y pan para satisfacer su apetito.
—Vamos en busca de la tarima—manifestó Elena secamente y echando a andar con una resolución que sorprendió a Núñez. Este, antes de seguirla, se volvió hacia los pastores: