—¡Salud, amigos! Seguid cuidando fielmente de los puercos de vuestro señor.

—Aquí no ha habido puercos, caballero, hasta el día de hoy—respondió el tío Leandro gravemente.

Núñez le clavó una mirada insolente y escrutadora. El viejo pastor la sostuvo sin pestañear. El pintor se emparejó con la dama exclamando con risita irónica:

—¡Parece que Eumeo sigue aborreciendo como antes a los pretendientes!

Elena no dijo nada y siguió caminando con paso vivo hacia la casa. Una cólera sorda rugía dentro de su pecho y tenía miedo de dejarla estallar donde pudieran verla. Es decir que aquel hombre no sólo no había hecho caso de la resuelta despedida que le daba en su carta, sino que llevaba su osadía hasta presentarse en el Sotillo. ¡En el Sotillo, donde después de la marcha de su marido no había puesto ella misma los pies por temor de cometer una profanación! Elena tenía un corazón tierno, inocente, pero un carácter impetuosísimo que los mimos de su marido y de la gente que la rodeaba desde hacía algunos años no habían atenuado. Estaba acostumbrada a que sus caprichos fuesen ley. Mientras el pintor se mostró sumiso y cariñoso obtuvo de ella cuanto quiso; mas así que por la confianza dejó su actitud rendida y mostró su verdadero carácter frío y egoísta, instantáneamente nació en ella una violenta rebelión. Núñez se había equivocado de medio a medio con ella. Pensó dominarla a fuerza de sarcasmos y lo que éstos produjeron fue un incendio de ira muy difícil de apagar.

—Penélope era la más amable de las mujeres, al decir de Homero, y sabía encontrar para todos una palabra cortés y una sonrisa graciosa. ¿Es que con el tiempo se ha convertido en una viejecita huraña y gruñona?

Elena guardó silencio. Núñez siguió bromeando unos instantes; pero viendo que no lograba arrancarle una palabra, despechado, concluyó por imitarla y dejarse conducir hasta la casa. Al llegar a ella Elena subió a sus habitaciones. Núñez la siguió.

—¿No has recibido mi carta?—le preguntó rudamente así que puso el pie en su saloncito.

—Las malas noticias llegan siempre—respondió Núñez.

—Entonces, ¿qué vienes a hacer aquí?