—A buscar una explicación. Tu cartita tiene más clara la letra que el espíritu. No te ofenderás si te digo que nunca serás la émula de madama de Sevigné.

—¡Ah! ¿No la has entendido? Pues entonces hay que convenir en que estaba demasiado bien dorada la píldora. No necesitabas tanto.

—Será porque yo no entienda tanto de píldoras como tú.

Elena se puso roja. Aquella alusión a su nacimiento la hirió en lo más vivo. Hizo un esfuerzo para reprimirse y dijo con calma:

—Nuestras relaciones, Gustavo, no pueden ni deben continuar. El lazo que nos une, como tú comprenderás, nada tiene de sagrado y poco importa romperle un día u otro si al cabo se ha de romper. Tú has sentido un capricho: yo también. Solamente que a nosotras las mujeres estos caprichos nos salen siempre más caros. Me parece que es bastante. Despidámonos como buenos amigos.

—¿Es que ya no te gusto?—preguntó el pintor cínicamente clavándole sus ojos verdosos chispeantes de malicia.

Elena le miró fijamente sin turbarse y alzando los hombros profirió con displicencia:

—Tienes demasiado talento para mí.

Núñez guardó silencio unos instantes, sacó un cigarro, lo encendió y arrellanándose con toda comodidad en una butaca dijo:

—Siempre he sospechado que el talento me había de perder. Es realmente un exceso, lo comprendo, pero bien sabe Dios que no pocas veces me he prosternado diciéndole: «Señor, no hay que exagerar. ¿Por qué me has dotado de tantas facultades y has dejado desmantelados a muchos ministros, profesores y académicos a quienes hacen más falta que a mi?» No seas injusta, Elena. Compadécete de mí. ¿Piensas que es una ganga el tener talento en España?