Elena no estaba para bromas. Escuchó con indiferencia lo que su amante le decía y sin responderle abrió el balcón y salió a la terraza. Núñez la siguió. Ambos se reclinaron sobre el antepecho y guardaron silencio unos momentos. Entonces Núñez, a quien su táctica habitual no valía, se puso serio, habló de su amor, de los felices instantes que juntos habían pasado en sus viajes, le hizo ver que aquella fatiga moral que parecía sentir era engendrada por la fatiga física. En cuanto se repusiera del todo volvería a ella la alegría, que era su estado natural, el tesoro de más valía con que la naturaleza la había dotado. Un poco de debilidad, un pequeño desequilibrio nervioso nos hace ver el mundo como un pozo; pero descansamos, nos fortalecemos y el mundo vuelve a ser el mismo, un venero de goces para quien posee hermosura, dinero y un carácter jovial y feliz como ella...
Era ya tarde. El alma de Elena, conmovida, llena de melancolía por la influencia de aquellos sitios, donde se había deslizado su infancia, donde había gozado después unos años de felicidad inefable, no podía responder al llamamiento brutal de la pasión. La ironía, la malignidad, el ingenio de su amante, que al principio la habían cautivado, ahora le causaban aversión y hasta desprecio. Sin abrir la boca hacía signos negativos con la cabeza, mirando fijamente al horizonte azulado. En vano Núñez derrochó su ingenio para convencerla, en vano apeló después a las súplicas ardientes, a los dictados cariñosos. Nada, nada, el mismo inflexible signo negativo respondía constantemente a sus argumentos y a sus quejas.
Al bajar los ojos una de las veces Elena creyó ver algunas palabras escritas sobre el mármol del antepecho. Bajó un poco más la cabeza y las leyó. Súbitamente acudió la sangre a su rostro, poniéndose roja como una brasa; inmediatamente pálida. Se irguió con extraño ímpetu y mirando al pintor con ojos extraviados le dijo:
—Tenga usted la bondad de salir por un momento. Me siento mal.
Núñez la miró sorprendido: su actitud y sobre todo aquel tratamiento ceremonioso que nunca había usado si no es en público desde que se hallaban en relaciones le dejaron estupefacto. Y como no se moviera, Elena exclamó con impaciencia:
—¡Me siento mal! ¡me siento mal...! Haga usted el favor...
Señaló imperiosamente a la puerta.
—¿Qué te ocurre? ¿Quieres que llame? ¿Quieres que vaya a avisar al médico?
—¡Salga usted... salga usted!
Núñez obedeció al fin. Sin consideración alguna en cuanto traspasó la puerta, Elena dio vuelta a la llave. Luego vino en dos saltos al antepecho y volvió a leer las tres palabras que su marido había escrito con lápiz la noche aciaga en que se apartó de aquellos lugares para siempre. Estas palabras decían: «Acuérdate de mí.» Elena cayó de rodillas.