—¿No le has dicho que el señorito ha salido?
—Sí señora, pero me ha dicho que estando la señora es igual.
—¿No te ha dado su tarjeta?
—No señora.
Clara vaciló un instante, pero al cabo dijo alzando los hombros:
—Está bien; pásalo al salón.
Y entregando su hijo a la niñera fuese a ver quién era el visitante. Cuando puso el pie en el salón una ola de rubor subió a sus mejillas. En medio de él, grande, colosal, más colosal aún que antes, se hallaba el marquesito del Lago. Este se puso también fuertemente colorado al verla. Se saludaron afectuosamente, pero ambos extremadamente embarazados. Clara pensaba en los celos tan infundados, tan pueriles que Tristán sentía de aquel chico. El marquesito no podía menos de recordar la escena del día de la boda, cuando un poco ebrio había soltado algunas palabras inconvenientes delante de un corro de señoras. Sin embargo, no tardaron en recobrar su aplomo. Nanín era el mismo niño grande, un poco más grande, un poco más moreno. Su mamá le había tenido cerrado aquellos dos años en una finca enorme, solitaria, de la provincia de Badajoz, sin salir más que una que otra vez a la capital en tiempo de ferias o cuando algún negocio lo requería. Pero al fin le había dejado venir a Madrid para asistir al matrimonio de un primo hermano suyo y aquí estaba desde hacía cuatro días.
—No se habrá usted aburrido mucho, sin embargo, porque me han dicho que por allí hay caza abundante.
¡Oh, Dios mío! ¿Caza? Cuanta se quería y de todas clases, mayor y menor. Inmediatamente el marquesito, puesto ya en el disparadero, se lanzó a una serie interminable de descripciones cinegéticas, de aventuras maravillosas, de lucha espantable con los jabalíes. En todo cazador por honrado que sea dormita siempre un embustero. Cuando despierta cuesta trabajo dormirle. Clara lo sabía, pero así y todo se hallaba arrobada escuchándole. La boca se le hacía agua viendo desfilar por delante de su vista aquellas legiones de perdices, aquellos ejércitos innumerables de conejos, aquellos venados corredores y jabalíes feroces. ¡Ay! ella no había tenido el gusto de tirar a un jabalí. ¡Cuánto apetecía encontrarse frente a uno!
—¿Sí? Pues no tiene usted más que venirse a pasar unos días con nosotros y yo le haré matar una docena de ellos. ¡Poco gusto que le daría a mamá verles a ustedes por allá!