—¿Pero, Nanín, no sabe usted que tengo un niño y que le estoy criando?—exclamó ella riendo.
—¿Y eso qué importa? Se lleva al niño y la servidumbre que ustedes necesiten. Tenemos casa para alojar dos familias numerosas... ¿Y dónde está ese niño? Quiero verle—añadió con su franqueza y aturdimiento habituales.
Clara hizo traer a su hijo. El marquesito le alzó entre sus manos de gigante y le zarandeó un rato con no poca alegría del infante, que soltaba carcajadas y se agarraba a sus orejas con igual confianza que a las de Fidel. Entre aquellos dos niños el uno grande y el otro chico nació súbitamente una tierna simpatía. Cuando la niñera quiso tomarle de nuevo en brazos Paquito se resistió fuertemente, persistiendo en agarrarse al cuello del marqués, que entusiasmado con tal preferencia no cesaba de acariciarle y divertirle con todo el repertorio de sus payasadas.
—Este niño tiene que ser un gran cazador. ¡Mire usted qué manos, Clara! Verá usted... es capaz de alzar una silla en peso.
Y le hacía coger con sus manecitas una silla y le alzaba con ella sin que el chico la soltase.
—¿No lo decía yo? Bastaba ver estas muñecas. ¡Tan fuerte como su mamá! En cuanto pueda coger una escopeta me lo llevo a la dehesa. Ya verá usted qué buena cuenta da de las perdices.
—¡No, no, me lo va usted a fatigar demasiado!—respondió riendo la mamá, entusiasmada por la perspectiva de ver a su hijo hecho un hombre y en traje de cazador.
—¡Qué se ha de cansar! Le montaremos a caballo. Además allí no se necesita andar mucho para hallar las perdices. Desde el balcón de mi cuarto las veo muchas mañanas.
—¡Oh, qué gusto! ¡Qué bien estaría yo allí!
—Si viviera usted allí, mientras el niño echaba un sueñecito podía disparar media docena de tiros y traerse en el morral otras tantas perdices.