Iba murmurando por intervalos estas y otras frases por el estilo. Recordaba los favores que había hecho a García sin pensar, por supuesto, en los que éste le había hecho a él. Al cabo de algún tiempo de dar vueltas y más vueltas sin saber por dónde andaba, con el cerebro encendido y el cuerpo convulso, al atravesar por uno de los parajes más recónditos del parque oyó detrás de un seto la voz y la risa de persona conocida. Asomó la cabeza por encima del follaje y pudo ver a sus amigos Cirilo y Visita sentados en un banco. El paralítico leía por un libro; la ciega escuchaba y a menudo interrumpían la lectura para reír y comentar con admiración los pasajes que más les agradaban. Aquella simple y tranquila felicidad hirió a Tristán como una bofetada en tal momento. Los contempló con ojos cargados de desdén y de cólera y al fin se alejó murmurando:—«¡Qué par de imbéciles!»
—¿Pero qué te ha ocurrido?—volvió a preguntarle su mujer.
—Nada, hija mía, que hoy se me ha caído la venda de los ojos. El amiguito García, ese desdichado a quien sólo por compasión admitía en mi casa, me estaba arrancando esta tarde la piel de lo lindo con mi otro amigo Estévanez.
Hay que advertir que Tristán sentía particular predilección por esta metáfora de la venda y que solía emplearla con bastante frecuencia. En cuanto cualquier persona de su conocimiento no satisfacía todas sus pretensiones y hasta sus caprichos, era sabido, «le caía la venda de los ojos».
—No puede ser—respondió resueltamente Clara con el instinto seguro que tienen las mujeres para juzgar el carácter de los amigos de sus maridos.
—¿Cómo no ha de ser, si yo mismo le he oído?
Clara quedó un instante suspensa, pero volvió a decir con mayor resolución:
—No puede ser. García es absolutamente incapaz de cometer contigo una villanía.
—¡Qué sabes tú de lo que son capaces o incapaces los seres humanos!—replicó alzando los hombros con desdén—. Lo ha dicho con profunda sabiduría el maestro alemán, el maestro clarividente: sólo cuando llegamos a cierta edad comprendemos en qué cueva de bandidos hemos caído.
—García no sólo te quiere entrañablemente, sino que te admira como a ningún otro hombre.