—De la admiración a la envidia no hay más que un paso. Yo he caído en el error de tratar con excesiva familiaridad a un hombre tan vulgar como García. Estas naturalezas se sublevan al aspecto de otra naturaleza opuesta. Disimularán su envidia durante algún tiempo, el tiempo que les convenga, pero en la primera ocasión favorable la mostrarán. Si se ha hecho amigo de Estévanez, mi amistad le importa ya poco y se vengará del tiempo que ha perdido adulándome.

—¡Oh, qué atrocidad! Tristán, no pienses eso.

En vano con la elocuencia que le dictaba su recto corazón trató de disuadirle y desvanecer aquellas negras sospechas. Agarrado con irresistible presión como siempre a sus ideas, su marido no quiso escucharla, oponiendo a todas sus razones una actitud altiva y desdeñosa.

Comió poco y estuvo sombrío y silencioso mientras duró la cena. Cuando habían llegado a los postres sonó el timbre de la puerta. El criado fue a abrir y entró después sin decir nada.

—¿Quién llamaba?

—El señorito García—respondió con indiferencia—. No quiso pasar: dijo que se iba al despacho.

Tristán se alzó de la silla. Clara también se levantó y sujetándole con mano trémula por una manga le dijo:

—No vayas allá, Tristán. Déjame ir a mí... Le diré que estás indispuesto, que te duele la cabeza y no puedes hablar con nadie.

—¡Suelta, suelta!—respondió él haciendo un movimiento brusco y zafándose de su mano.

Y con paso vivo se dirigió al despacho, dejando a Clara acongojada.