García leía ya atentamente por un libro a la luz del quinqué.
—¡Hola, amigo!—profirió Tristán con una voz tan extraña que García levantó la cabeza sorprendido.
—¿Cómo estamos, amigo?—siguió con la misma inflexión de voz y acercándose a la mesa.
—Bien, ¿y tú?—respondió García mirándole cada vez con mayor sorpresa.
—¿Yo...? ¡Divinamente!
Y se sentó frente a él y le clavó una larga mirada insistente y dura.
—Desde que hago una vida más higiénica—añadió—me encuentro perfectamente. Ya no paso las tardes en el café, como antes; ahora me dedico a dar paseos entre los árboles, buscando atmósfera más pura. Hoy he paseado por el Retiro... y ¡mira tú lo que son las cosas, amigo!—prosiguió con acento irónico—, también debajo de los árboles se suelen encontrar cosas impuras.
García se puso levemente colorado. Tristán mirándole aún con mayor fijeza continuó:
—Su verdura no sólo tiene la propiedad de descomponer el ácido carbónico del aire, sino también de corromper los más puros sentimientos y de poner al descubierto el fondo de los corazones. Es un experimento que pienso comunicar a la Academia de Ciencias y que como todos los grandes inventos se debe a la casualidad...
—¡Basta, Tristán! Si te has ofendido porque haya paseado con Estévanez...