—¿Ofenderme...? No, querido, no; el espectáculo de la miseria humana no ofende; entristece solamente.
—Tristán, ¿qué estás diciendo? Repara que ahora me ofendes tú. Yo no he buscado la amistad de Estévanez. Él me ha hablado en el saloncillo del Español, y sabiendo que estaba haciendo oposiciones a una cátedra se brindó espontáneamente a recomendarme a dos de los miembros del tribunal. ¿Querías que me mostrase ingrato con él?
—Yo no quiero nada—respondió con sequedad desdeñosa Tristán.
—Además, ahora que le trato puedo decírtelo, estás en un error suponiendo que es tu enemigo: las pocas veces que ha hablado de ti conmigo lo ha hecho en términos muy lisonjeros. Te considera como el joven más brillante de la nueva generación literaria y se lamenta de que sin motivo alguno hayas dejado de saludarle.
—¡Ah, sin motivo!—exclamó Aldama con acento sarcástico—. Los hombres perversos nunca encuentran motivo para que se les odie. Y en el fondo tienen razón. ¿Qué culpa tienen ellos de haber nacido perversos? A ti te consta mejor que a nadie la serie de ruindades que ese hombre ha hecho conmigo.
—A mí sólo me consta porque tú me lo has dicho.
—¡Sí te consta, y si no lo confiesas es porque eres un traidor como él!—exclamó con furiosa exaltación.
—¡Tristán!—dijo García levantándose.
—¡Un traidor peor que él, porque él no me debe nada y tú si!—gritó aún con mayor exaltación agarrándose con manos crispadas a la mesa para alzarse.
—Me estás insultando sin motivo y en tu propia casa—profirió el pobre joven pálido ya como la cera.