—Un traidor es quien sin tener en cuenta la amistad fraternal que le liga a otro hombre va a desacreditarle y a murmurar de él con sus enemigos.

—¡Eso es falso!

—No es falso, no, porque son testigos de ello mis propios oídos.

—¡Pues mienten tus propios oídos!—exclamó con valerosa indignación García.

Tristán, muy pálido también, quedó unos instantes silencioso y al cabo dijo haciendo visibles esfuerzos para hablar con calma:

—Es inútil que hablemos más. Todas las cosas tienen un término triste en este mundo y la amistad es de las que primero se marchitan. Yo he cometido la locura de estrechar demasiado mis relaciones contigo sin tener en cuenta que todo lo que se aprieta demasiado acaba por romperse. Ha llegado el momento en que la cuerda estalle, pero conste que se ha roto por tu lado, no por el mío. Alejémonos, García, alejémonos para siempre el uno del otro y comencemos en el mundo otros ensayos que tendrán idéntico resultado.

—Nada se ha roto por mi lado, Tristán. Esa es una de tantas visiones negras como has tenido en tu vida, sobre todo de poco tiempo a esta parte. Mi amistad por ti es tan firme, tan verdadera, que nadie más que tú en el mundo ha podido dudar de ella.

—La amistad verdadera entre los hombres es algo que pertenece a la fábula. Si yo lo hubiera tenido bien presente no tomaría el grave disgusto que me ha causado tu proceder. Debiera analizarla como un mineralogista examina una piedra; hubiera visto que aunque sincera en la apariencia descansaba sobre motivos secretamente egoístas, y viviendo así prevenido la traición me hubiera dejado tranquilo.

—¿Quién habla de traición? ¡Miente! ¡miente quien lo diga!—volvió a exclamar con la misma indignación García.

—Basta, repito. Mi resolución está tomada. Tú y yo hemos concluido para siempre.