Al pronunciar estas palabras dio unos pasos hacia la puerta mirando fijamente a su amigo. Este también le miró estupefacto haciéndose cargo por aquel ademán que le arrojaba de su casa. Hubo un instante en que ambos permanecieron inmóviles mirándose a los ojos. Al fin García se dirigió con paso precipitado a la puerta. Antes de traspasarla se volvió y con los ojos llenos de lágrimas le dijo:

—¡Que no te tome Dios en cuenta, Tristán, la injusticia que estás cometiendo!

XX

CONSECUENCIAS DE UNOS CELOS

Tristán sólo entró en el comedor para despedirse de su mujer y besar a su hijo. Viéndole pálido y trémulo Clara no quiso darle la noticia de la visita, aquella visita que tanto le pesaba ya sobre el alma. Ella también se hallaba bien turbada por la escena que acababa de adivinar, más que de percibir. Su espíritu, siempre recto, se rebelaba contra el proceder brutal de su marido. Si le hubiera visto menos alterado se lo habría expresado con toda franqueza porque era una valerosa mujer y toda injusticia sublevaba su sangre. Aplazó, pues, también esta explicación para el día siguiente y procuró distraer como siempre sus inquietudes con las gracias de su hijo, mientras Tristán caminaba la vuelta acostumbrada del café. La tertulia literaria, cuando llegó, ardía ya en disputas y bromas. Pronto se dejó vencer por el influjo de aquella ruidosa alegría y se disiparon las sombras que obscurecían su frente. Olvidó su disgusto. Pero cuando más enfrascado se hallaba en la algazara apareció en la puerta la figura siniestra del paisano Barragán con su eterna zamarra negra, su enorme sombrero y sus barbas hasta el medio del pecho. Los ojos de todos los tertulios se volvieron con sorpresa hacia él y hubo un instante de silencio.

—¡Hola! ¿qué vendrá a hacer aquí este pájaro?—dijo uno.

—¡Soberbia figura para mi drama! Estoy por ir a preguntarle si se quiere contratar—dijo otro.

—¡A que no te acercas a él!

Mientras tanto Barragán avanzaba por el medio del café echando miradas sanguinarias a todos los rincones como si buscase a alguno para arrojarse sobre él y degollarlo. Al fin divisó al desgraciado que buscaba. Era un sujeto de faz bermeja. En los labios sinuosos del paisano se dibujó una sonrisa feroz y se dirigió hacia el sitio que ocupaba. Pero al pasar cerca de la mesa de los literatos percibió a Tristán y exclamó sonriente y espantoso:

—¡Adiós, Tristanito! Hace ya una temporadita que no nos hemos visto. ¿Cómo va esa salud? Por Clarita y el chiquitín no le pregunto porque sé que están buenos. Nanín me lo ha dicho esta tarde.