—¿Qué Nanín?—preguntó Aldama por cuyos ojos pasó una nube.

—¿Qué Nanín ha de ser? El marquesito del Lago. Me ha dicho que los ha visto en su casa y que había sentido mucho no encontrarle a usted.

La impresión que Tristán sintió con estas palabras fue tan violenta, que un golpe en la cabeza no le hubiera dejado más aturdido y paralizado. Sólo pudo exclamar con forzada y estúpida sonrisa:—«¡Ah!»

—Bueno—siguió Barragán viendo que Tristán no decía más—. He venido a buscar a aquel amigo que me ha citado aquí y voy a hablar un rato con él. Es maestro cortador de La Confianza, esa gran sastrería de la calle Mayor; un hombre instruidísimo, Tristanito, un verdadero filósofo. Conoce la historia de España al dedillo. Le dice a usted todos los reyes godos de memoria sin faltar uno, ¡es que sin faltar uno, Tristanito, créalo usted! En Calatayud, que es su pueblo, ha publicado unos artículos contra el celibato eclesiástico que levantaron roncha en el clero. Ahora está escribiendo un folleto contra Moisés, ¡una verdadera hermosura!

En aquel momento el sujeto en cuestión acercaba su nariz escarlata a una copa de cognac, haciendo concebir la sospecha de que su rencor contra el caudillo de los israelitas quizá naciese por no haber logrado entrar en la tierra de Canaan y disfrutar de sus famosos viñedos.

Mientras duró esta breve conversación los amigos de Tristán se burlaban de lo lindo, aunque en voz baja, del paisano. «¡Guardias, socorro!»—exclamaba uno—. «Tome usted la cartera. ¡No me haga usted daño por Dios!»—decía otro llevando la mano al bolsillo—. «Pues habla en diminutivo con mucha dulzura.»—«Será un bandido generoso como Diego Corrientes.»—«Mirad qué pálido se ha quedado Aldama.»

En efecto, Tristán se había quedado tan descompuesto que apenas podía articular una palabra. Sin embargo, hizo un esfuerzo heroico sobre si mismo y sonrió balbuciendo que aquel amigo de tan fea catadura era una persona honrada e inofensiva.—«¡Ya, ya, bien inofensivo te dé Dios!—Pues tú buen susto has llevado. Estás más yerto que Hamlet viendo el espectro de su padre.» Hizo cuanto le fue posible por mostrarse tranquilo; pero a los pocos instantes, con no poca sorpresa de los tertulios, se levantó bruscamente y sin despedirse se dirigió con paso rápido al sitio que ocupaba Barragán.

—Amigo Barragán—le dijo en el tono más indiferente que pudo—, ¿sabe usted en qué hotel para el marqués del Lago?

—No está en ningún hotel. Vive, según me ha dicho, en casa de su primo el marqués de Henares... Un hermano de éste creo que se casa ahora con la hija de Roda...

—Ya. ¿Y dónde vive el marqués de Henares?