—Eso sí que no puedo decirle, Tristanito. Mañana puede usted averiguarlo en el Congreso, porque es diputado.

Sin dirigir siquiera una mirada a la mesa donde se hallaban sus amigos salió apresuradamente del café. Una vez en la calle, quedó un instante inmóvil. La cabeza le ardía y el corazón le palpitaba fuertemente. Al cabo emprendió a paso largo el camino de su casa. Se acercó a la portería donde los porteros formaban tertulia en torno de una mesa con algunos amigos. Llamó con los dedos en los cristales.

—Diga usted, Juan, ¿esta tarde ha venido algún caballero a verme?

El portero vaciló un momento sin acordarse, pero su mujer respondió en voz alta:

—Sí, hombre, ¿no te acuerdas de un señorito joven que preguntó por los señores de Aldama?

—¡Ah! sí, un señorito alto, grueso, de pelo rubio. Le dije que no estaba el señorito. Me contestó que era igual y subió...

—Bien; ése ya sé quién es porque ha entrado en casa—respondió para disimular—. ¿No ha venido ningún otro a preguntar por mí?

—Me parece que no señor.

Inmediatamente se trasladó a una librería de la Carrera de San Jerónimo que aún estaba abierta, pidió la Guía de Madrid y se enteró dónde vivía el marqués de Henares. Era en una calle del barrio de Argüelles. Tomó un coche en la Puerta del Sol y dio las señas. Pocos minutos después se bajaba delante del hotel que ocupaba el marqués. Preguntó al portero. El señor y la señora habían salido hacía ya una hora con su primo el marqués del Lago y una señorita.

—¿No sabe usted dónde han ido?