—No, señor..., pero aguarde usted un momento.

Tomó la bocina del tubo acústico y llamó.

—María Luisa, ¿sabes dónde han ido los señores esta noche?

El portero escuchó lo que le respondían y colgando la boquilla dijo:

—Los señores tenían tomado un palco en el teatro de Apolo. Allí deben de estar.

Tristán subió de nuevo al coche dando estas señas. Cuando cruzaba por la Puerta del Sol sonaban en el reloj del ministerio de la Gobernación las diez. Se apeó delante del teatro y despidió el coche, y usando de su privilegio de autor entró sin detenerse en la taquilla. Había comenzado ya el acto segundo. Se acercó a la puerta central de las butacas, la entreabrió y echó una rápida mirada a los palcos. En seguida le vio. Había dos señoras en primer término y él con otro caballero detrás de ellas. Se cercioró bien del número del palco y subió hasta colocarse detrás de la puertecita, y por un movimiento irreflexivo llamó con los nudillos de los dedos sobre ella. El mismo marquesito se levantó para abrir. Su semblante se dilató con una franca y cordial sonrisa.

—¡Amigo Aldama, usted por aquí! Pase usted. ¡Cuántos deseos...!

Pero la frase expiró en sus labios. La sonrisa que contraía el rostro de Tristán era tan extraña y su rostro se hallaba tan descompuesto, que el marquesito quedó paralizado.

—¿Tendría usted la amabilidad de escucharme dos palabras?

—Con mucho gusto... ¿Pero no quiere usted pasar?