Tristán, sin retroceder poco ni mucho, respondió con igual fiereza:
—Lo que todo el mundo sabe: que es usted un imbécil.
El marquesito alzó la mano y Aldama rodó por el suelo. Los dependientes de la puerta y un caballero que cruzaba a la sazón y se había detenido al oír la disputa acudieron a levantarle. Mientras esta operación se realizaba Nanín pálido y con los ojos extraviados parecía decidido a repetir la suerte. Tristán por su parte, una vez en pie, también quiso arrojarse sobre él. Ambas cosas fueron impedidas por los porteros y el caballero que les auxiliaba.
—¡Déjenme ustedes!—exclamaba Tristán—. ¿No ven ustedes que me ha abofeteado?
Nanín guardaba silencio. Al fin volvió de nuevo la espalda y con tranquilo paso se dirigió a la escalera para subir al palco. Tristán, sujeto por las manos de los dependientes, le gritó:
—¡Pronto tendrá usted noticias mías!
El marquesito siguió caminando con desdeñosa indiferencia.
Tristán corrió al café. Tenía la mejilla roja y un poco inflamada. Cuando se acercó a la tertulia de sus amigos, éstos le acogieron con las alegres chanzas de siempre, pero al verle tan descompuesto y al observar que se dirigía a un joven capitán, único militar de la reunión, y a otro amigo que tenía fama de tirador de armas y duelista, entendieron de lo que se trataba y se callaron con respeto. Tristán llevó a otra mesa a sus dos amigos y conferenció con ellos brevemente.
—Tengo, sin ninguna clase de duda, la elección de armas, porque he sido abofeteado delante de varias personas. Elegid la pistola en las condiciones más graves que podáis.
Los amigos se dirigieron al Teatro de Apolo. El marquesito, que ya había contado a su primo el de Henares la aventura y esperaba la visita, eligió por padrinos por indicación de éste a González de la Riva, un hombre político muy conocido que se hallaba a la sazón en el teatro, y a un joven teniente de artillería. Como el teatro no era sitio a propósito para ventilar aquel asunto, se dirigieron los cuatro al Círculo de la Peña y conferenciaron en un saloncito completamente solos. González de la Riva, acostumbrado a las transacciones de la política y a los cabildeos del salón de conferencias del Congreso, quiso desde luego arreglar pacíficamente el asunto y empleó para ello aquella facundia persuasiva que todo el mundo le reconocía. Sus frases aliñadas, todas sus habilidades parlamentarias se estrellaron contra la resuelta y arrogante decisión de los padrinos de Aldama.