—Pero ¿qué motivo hay para enfadarse de ese modo?—exclamó el marquesito—. Que a usted no le gusta que vaya a su casa, ni quiere ser mi amigo... Bueno; para eso no tenía usted necesidad de venir con esos humos a llamarme estando con señoras. Bastaba con haberme enviado una carta.
—Si a usted le parece que vengo con humos debe tener presente que donde sale humo es que hay fuego. Ni para enfadarme ni para desenfadarme le pido a usted permiso... Por lo demás, me acomoda mejor hacerle a usted esa advertencia de palabra. No quiero que usted ponga los pies en mi casa. ¿Se ha enterado usted?
El marquesito alzó los hombros con desdén.
—Lo mismo usted que su casa me tienen sin cuidado.
—Y a mí menos que mis palabras le desagraden—respondió Tristán dirigiéndole una mirada provocativa.
El marquesito le miró a su vez en silencio unos momentos y volviendo al cabo la espalda con un gesto desdeñoso murmuró:
—Razón tienen en decir que está usted loco.
—Más razón tienen en decir que es usted un imbécil.
Nanín se volvió rojo, exasperado, y avanzando hasta acercar su cara a la de Aldama exclamó con furor:
—¿Qué decía usted?