—¿Y no hubiera usted hecho mejor en haberse privado de ese gusto?—dijo Tristán, a quien la frase del marqués calentó aún más la sangre.
Nanín le miró estupefacto.
—No comprendo...
—Quiero decir que visitar a las señoras jóvenes en ausencia de sus maridos no siempre es oportuno. Generalmente esta confianza se la autorizan los amigos de mucha intimidad... Y francamente, por ahora no puedo contarle a usted entre ellos.
El marquesito, cada vez más sorprendido, balbuceó:
—No pensé que eso tenía nada de particular... Con Clara y con su hermano siempre hemos mantenido relaciones muy íntimas.
—Pero conmigo muy superficiales... y yo soy ahora el amo de la casa y quien puede autorizar o desautorizar las visitas de mi mujer.
Nanín avergonzado y queriendo sacudir el embarazo que sentía replicó:
—¿Y para una tontería como ésta me hace usted salir del palco? ¡Hombre, no merecía la pena!
—Permítame usted que le diga—profirió Tristán con reconcentrada ira—que jamás he concedido ni pienso conceder a nadie el derecho de calificar de tonterías mis actos. Y si alguien es bastante atrevido para tomarse esa libertad se expone a sufrir las consecuencias.