—No, señor. Ha dicho que es de confianza y quiere darles una sorpresa.
Tristán quedó un momento vacilante. Clara se puso repentinamente seria como si un presentimiento triste atravesase su corazón.
—Bien; haz que pase.
El criado se retiró y a los pocos instantes apareció en la puerta la marquesa viuda del Lago. Clara sintió que toda la sangre de sus venas fluía al corazón. Tristán se alzó del asiento como movido por un resorte. La marquesa, alta, delgada, vestida con un manto negro hasta los pies, parecía un fantasma.
—¿No me esperaban ustedes, verdad?—dijo con voz enronquecida, extraña, que jamás le habían oído—. Sin embargo, yo les aguardaba a ustedes desde hace muchos días; les aguardaba con impaciencia. Los vecinos de la calle pueden dar testimonio de ello. Ellos me habrán visto pasear día y noche bajo el sol y bajo la lluvia sin perder de vista los balcones de esta casa que con ansia deseaba ver abiertos. Allí ha dormido, me decía mirando hacia acá, allí ha dormido tranquilo mucho tiempo, pero no dormirá más el asesino de mi hijo...
—¡Señora! ¿qué está usted diciendo?—profirió Tristán con ímpetu dando un paso adelante.
—¡No dormirá más, no!—prosiguió la marquesa sin hacer caso de la interrupción—. Yo me encargaré de envenenar su sueño, de tener abiertos sus ojos hasta que apunte la aurora. No quiero que para él haya ya aurora ni luz, quiero que se agite entre las sábanas como entre envolturas de llamas, que le persiga el fantasma del inocente que ha sacrificado, que mil demonios le taladren sin cesar el corazón...
—¡Vea usted lo que dice!—gritó Tristán rojo de cólera—. Si hago llamar para que escuchen estas palabras dará usted cuenta de ellas ante la justicia.
—Llame usted a sus criados, llame usted a los vecinos, llame usted a todo el mundo para que se enteren de que ha provocado usted a un desgraciado joven para matarle no como hacen los caballeros, con riesgo igual de su vida, sino como los traidores y cobardes, buscando la ventaja para hurtar el cuerpo. Lo mismo usted que los amigos que le han apadrinado sabían que mi hijo marchaba como un cordero al sacrificio, porque su infernal habilidad en el arma que había elegido le daba sobre él una superioridad indudable.
—¿Quería usted que habiendo sido abofeteado le diese a elegir el arma que más le conviniese?—replicó Aldama con más humildad.