—Pero ¿quién ha ido a provocarlo? ¿Quién fue a sacarle de su palco para injuriarlo? ¿Quién es el que fríamente concierta las condiciones de un desafío en que sin remedio había de perecer un pobre joven, casi un niño? Únicamente el que no tiene ni nobleza, ni valor, ni sentimientos honrados en el corazón... ¡Ah, mi pobre hijo! ¡hijo de mis entrañas! ¡Cómo has caído en el lazo que te tendieron los traidores...! No estaba aquí tu desgraciada madre para prevenirte, la madre que te ha tenido colgado de sus pechos, la que besaba los rizos dorados de tu pelo al acostarte y volvía a besarlos cuando te despertabas. Ya no existes, pobre hijo mío... Una bala traidora ha agujereado tu pecho, y cuando empezabas a vivir, cuando todo el mundo te sonreía y tu madre vivía pendiente de tu sonrisa, tú tan noble, tan hermoso, tan valiente, ya no eres más que ceniza... Dios que estás en los cielos, ¿por qué me dejas vivir sin mi Nanín...?

La voz de la marquesa sollozaba al pronunciar estas palabras. Tristán, presa de honda emoción, no supo más que balbucir:

—Señora, para mí ha sido también una desgracia irreparable...

—¡Miente usted!—exclamó revolviéndose furiosa con los ojos llameantes—. Es usted incapaz de sentir lo que ha hecho, porque en usted no hay más que envidia y vanidad.

—En el estado en que usted se halla sus palabras no tienen valor alguno. Créalo usted o no lo crea, su dolor de madre conmueve hasta lo profundo de mi alma, y daría con gusto en este momento mi vida por devolverle la de su hijo...

—¡No me hable usted con dulzura! No quiero de usted la compasión. Prefiero el odio. Ya que odiaba usted a mi hijo, ódieme también a mí. Máteme usted como le ha matado a él. Acaso fuera el único bien que usted puede hacer en este mundo... ¡Oh, mi Nanín! ¡oh, hijo de mi corazón...! Venganza del cielo, ¿no caerás sobre la cabeza de su verdugo? Sí, sí... caerá... Dios es justo. ¡Jamás vivirá tranquilo el que ha matado a un ángel...! ¡Maldición, maldición sobre él!

La marquesa avanzó un paso todavía. Sus ojos brillaban como ascuas debajo de sus cabellos blancos; todo su cuerpo temblaba de odio y de cólera como el de una fatal euménida.

—¡Maldito sea usted y quien le ha engendrado! ¡Maldita sea la hora en que ha nacido! ¡Permita Dios que su esposa vea siempre esas manos teñidas de sangre! ¡Maldita sea ella también! ¡Maldita la leche que ese niño está mamando...! ¡Malditos seáis todos, malditos, malditos, malditos...!

Clara cayó sobre la alfombra con el niño entre los brazos. Tristán acudió a socorrerlos. Cuando volvió la cabeza, la marquesa había ya desaparecido.

Al recobrar el conocimiento y después de haberle prodigado los cuidados necesarios se hizo venir al médico. Este, teniendo en cuenta el estado de la madre y el tiempo que ya contaba el niño, ordenó que se le destetase. Se dispuso, pues, que durmiese en un cuarto separado con la niñera. Clara pasó el resto de la tarde llorando. Tristán salió un momento después de comer y quiso distraerse en el café, pero no pudo lograrlo. Se hallaba tan melancólico, tan abatido que muy presto se restituyó a su casa. Clara se disponía a acostarse, pero no en la alcoba del gabinete donde dormía el matrimonio, sino en otra habitación alejada. Al presentarse Tristán y mostrar en los ojos su sorpresa le dijo balbuciendo: