—¡Te pregunto qué es lo que me has echado en el te!—gritó con más furor sacudiéndole el brazo y soltándolo después con un movimiento de repulsa que la hizo tambalearse.

Clara comprendió al fin y llevándose las manos a los ojos exclamó con espanto:

—¡Dios mío, qué horror!

Después como si fuese acometida súbitamente por un rapto de locura se puso a gritar a la niñera:

—¡Juana! ¡Juana...! ¡El niño! ¿Dónde está el niño? ¡Traerme el niño...!

—¿Qué haces? ¿Qué quieres?—preguntó a su vez sorprendido Aldama.

—¡El niño! ¡El niño!—seguía gritando Clara sin hacer caso.

Corrió a su habitación, se echó un abrigo encima de los hombros y tomando al niño que le presentaba ya Juana se dirigió a la puerta de la calle. Tristán le interceptó el paso.

—¿Adónde vas?

—Adonde no te vea—replicó resueltamente la joven.