Entonces en el cerebro de Aldama brilló un rayo de luz; tuvo por un instante la visión clara de su injusticia, de su increíble necedad, y cayó de rodillas.

—¡Clara, perdón! ¡No te vayas!

—¡Aparta, aparta, miserable! Ya he sufrido bastante. ¡Mi corazón no puede más!

Y como Tristán tratase de retenerla, le dio con su brazo vigoroso un empujón que le hizo caer de espaldas.

Cuando se levantó, su esposa bajaban ya la escalera con el niño y Juana detrás de ella.

Se puso en pie. La vergüenza y la cólera ardían al mismo tiempo en su pecho. Escuchó unos instantes, hasta que el ruido de los pasos dejó de percibirse, y cerró la puerta, que había quedado abierta. Luego se dirigió al salón, encendió las luces y comenzó a pasearse de una esquina a otra con las manos en los bolsillos. Un frío cortante como una espada entraba en su corazón. Veíase solo, y con profundo estupor se daba cuenta de que todo había concluido para él. Se hallaba en la situación de un jugador que acaba de arriesgar su fortuna a una carta y la pierde. Al cabo de un rato llamaron con suavidad en la puerta de la estancia.

—¡Adelante!—dijo parándose.

Entró la doncella, cuya adoración por Clara era conocida.

—Señorito—manifestó con resolución—, habiéndose ido la señorita yo no puedo quedar en esta casa. Si tuviese la bondad de darme la cuenta...

—Ahora mismo—replicó Tristán cuya frente se frunció terriblemente.