—No; venía a suplicar a Visita que me dijese dónde se halla mi... dónde se halla tu hermano.
Clara guardó silencio y quedó unos instantes pensativa, mientras que su cuñada permanecía sentada con la cabeza inclinada al suelo y el pañuelo en los ojos.
—Ni Visita ni yo podemos decírtelo. Estamos obligadas, si no por juramento, al menos con promesa sagrada a guardar el secreto de su retiro. Ya comprenderás que el revelártelo sería hacerle traición, añadir un clavo más a su cruz.
—¡Lo comprendo, Clara, lo comprendo!—replicó la pobre mujer sollozando—¡pero si supieras...! ¡si supieras...! Demasiado entiendo que por la ley de Dios no merezco ser su esposa y por la de los hombres no debo serlo ya... Sólo quería llegar hasta él y decirle ¡perdóname, Germán! y morir a sus pies...
Clara la miró largamente con infinita tristeza y murmuró:
—¡Desgraciada Elena!
—¡Mucho más de lo que puedas figurarte! Mira mi semblante, Clara, mira mi cuerpo deshecho; acuérdate de aquella Elena que jugaba y corría contigo en el Sotillo cuya alegría decíais que era comunicativa, acuérdate de aquella mujercita mimosa de quien tanto os burlabais que os hacía rabiar y os hacía reír a un mismo tiempo. ¡Mírala ahora bien rota, bien hundida en el fango! Acuérdate también, Clara mía, de lo que la has querido. ¿Cómo es posible que me odies a mí que te quiero tanto, a mí que te miro y te he mirado siempre como un ángel bajado del cielo?
—Yo no te odio, Elena... pero amo a mi hermano como hermano y como padre.
—Tienes razón. Despreciadme, maldecidme. Hice traición al mejor de los hombres. No merezco pisar la tierra que vosotros pisáis... Adiós, Clara—añadió levantándose—. No tengo más que un medio de pagaros la ofensa que os he hecho... ¡Rogad a Dios por mí!
Y dio precipitadamente algunos pasos hacia la puerta. Clara corrió a ella y la detuvo por la mano.