—¿Adónde vas, criatura?
La arrastró de nuevo hasta la butaca y volvió a sentarla. Luego permaneció frente a ella inmóvil como una estatua, sumida en profunda meditación. Elena, sin levantar los ojos, sentía sin embargo su mirada, adivinaba los contrarios pensamientos que luchaban en su mente y su corazón latía dentro del pecho hasta dejarse oír.
—Está bien—dijo al cabo la hermana de Reynoso con voz grave—. Mi conciencia me dice que por encima de todas las consideraciones y de todas las promesas está la ley de la caridad. Yo no puedo consentir que realices lo que me has dejado adivinar. Sabrás dónde está tu marido.
Elena dio un salto y se arrojó sobre ella estrechándola, estrujándola mejor dicho contra su pecho como si quisiera asfixiarla, cubriéndola al mismo tiempo el rostro de sonoros besos. Luego se dejó caer de rodillas e intentó besarle los pies, pero Clara la alzó entre sus brazos vigorosos y la sentó a la fuerza de nuevo. Después cogiendo una silla vino a sentarse a su lado, y tomándole una mano le dijo con voz que temblaba ligeramente:
—No eres tú sola desgraciada, Elena. Yo también lo soy.
—¿Tú?—exclamó aquélla alzando la cabeza y mirándola con estupor.
—Sí, hace dos días que me encuentro en esta casa porque me he visto obligada a huir de mi marido.
Y le narró con sencillez y concisión su vida desdichada en los últimos tiempos y el suceso increíble que había dado origen a la separación. Elena volvió a besarla con transporte y alzando los ojos al cielo exclamó:
—¡Oh, Dios! Los malos merecemos ser desgraciados, pero los buenos ¿por qué también lo son?
Ambas guardaron silencio.