—¿Le amas todavía?—preguntole dulcemente al oído.

—No—respondió Clara secamente—. Ese hombre ha ido arrancando una a una las raíces que tenía en mi corazón. El último tirón le ha separado por completo.

—Entonces, huye.

—Sí, hoy mismo pienso marchar a reunirme con mi hermano. Mañana irás tú. Yo prepararé su ánimo para recibirte.

Elena guardó silencio y una arruga dolorosa surcó su frentecita de estatua.

—Perdona, Clara—dijo al fin tímidamente—. Si debiese mi perdón a tus súplicas nunca podría creer en él y mi existencia sería un continuo tormento.

—Tienes razón—respondió aquélla quedando un momento perpleja—. Marcha tú esta tarde. Mañana saldré yo.

Después le dio cuenta del sitio donde se hallaba su hermano. Don Germán Reynoso habitaba en aquel momento una aldea de Guipúzcoa llamada Anzuola, próxima a Zumárraga. Saliendo aquella misma noche, por la mañana temprano llegaría a este punto y de allí podría trasladarse a Anzuola rápidamente. Era necesario preguntar por don Ricardo Vázquez, su segundo nombre de pila y su segundo apellido, pues así se hacía llamar desde que había salido de Madrid. Cuando hubieron convenido el asunto del viaje, Clara salió un instante a prevenir a Visita de lo que ocurría. No tardó en presentarse de nuevo con ésta. La ciega echó los brazos al cuello a Elena y la besó con la misma efusión que antes. Después, en las horas que siguieron hasta la de la partida, se mostró tan jovial, tan charlatana, que en más de una ocasión logró que la frente de Elena se desarrugase y una sonrisa contrajese sus labios. En fin, hasta les cantó los couplets de los Pajaritos fritos y tocó el tango de las Cacerolas. Pero Elena no podía dominar un sentimiento de vergüenza que se leía claramente en sus ojos. Particularmente cuando se presentó Cirilo su confusión fue tan grande que Clara, advirtiéndola, se apresuró a sacarla de la estancia y llevarla a su gabinete y allí la dejó entretenida con el niño.

Se pasó recado al hotel de la Castellana para que enviasen el coche con el equipaje y, después que hubieron comido, las tres mujeres se dirigieron a la estación. Al despedirse de Cirilo le dijo Elena:

—Hazme el favor de pagar a los criados y cerrar la casa.