—¿Cerrar la casa?—exclamó aquél.

—Sí—replicó Elena rompiendo a llorar—. Yo no volveré ya más, suceda lo que suceda.

Y se apresuró a montar en el coche. En el trayecto a la estación Visita la besaba cariñosamente y le decía al oído:

—¡Ánimo, Elena! El corazón me dice que volverás a ser feliz.

En el momento de partir el tren Clara se abrazó a ella.

—¡Que Dios te proteja! Hasta pasado mañana.

—¡Hasta nunca, quizá!—murmuró Elena sepultándose en su berlina.

Se detuvo en Zumárraga toda la mañana, pues el tren no partía para Anzuola hasta las tres de la tarde. Pasó aquellas horas en el abatimiento y la indecisión. Cuando llegó el momento, sin embargo, salió como un autómata de la fonda y subió al tren que en pocos minutos la trasladó al fin de su viaje. La estación de Anzuola se halla bastante alta en la falda de la montaña. Para bajar al pueblo hay un hermoso camino, y Elena lo salvó con paso rápido. Es un lindo pueblecito situado en el fondo de un valle, rodeado por todas partes de verdes montañas y de árboles. Cuando llegó a las primeras casas, se encontraba tan fatigada que se detuvo un instante para reposar. La primera tienda que vio abierta era un estanquillo. Entró resueltamente, y dirigiéndose a una mujer que cosía detrás del mostrador le preguntó:

—¿Conoce usted a don Ricardo Vázquez?

La mujer levantó la cabeza con sorpresa.