—¡Oh señora! Aquí todos conocen, sí, todos conocen bien a ese señor.
—¿Dónde vive?
La mujer se levantó de la silla, vino a la puerta y extendiendo el brazo:
—¿No ve usted aquella casa donde hay un establecimiento de comestibles, de donde sale aquel hombre ahora mismo? Pues allí es donde él está de huésped... Pero si usted quiere verle no tardará en pasar por aquí—añadió volviendo a su sitio—. Todas estas tardes va a ensayar a los niños a la iglesia para la fiesta de la Virgen.
—¡Ah!
—Sí; mi chico, que también canta, se ha ido ya hace un rato y estará jugando con los otros delante de la iglesia. Don Ricardo ha sido quien le enseñó la música como a todos los demás.
—¿Es maestro de música?
—¡Oh, no señora!—exclamó la estanquera con un poco de enfado—. Don Ricardo es un gran caballero. Si enseña la música a los niños es por favor, por caridad como otras muchas caridades que hace. También ha formado aquí eso que llaman orfeón. El pueblo ha cambiado mucho desde que vino ese señor. Antes los hombres pasaban la noche en la taberna malgastando su jornal y hablando cosas feas. Ahora se van después de cenar al local de las Escuelas y allí se están cantando como unos benditos toda la noche. Cuando los ve cansados don Ricardo les da un cigarro, les entretiene un rato charlando y ya los tiene usted tan contentos. ¡Oh, señora, qué bien cantan ya! Parece que está uno en el cielo oyéndoles. Si usted se queda aquí, para el día de la Virgen los oirá porque han de cantar por la tarde en la plaza.
Elena dijo que sí que se quedaría, pero temiendo que pasase por allí su marido y que la estanquera le llamase se despidió de ésta. Iba hacia la iglesia para ver el ensayo y hablar a don Ricardo cuando terminase. La buena mujer le indicó el camino que había de seguir.
Delante del templo jugaba un enjambre de niños y niñas con ruidosa algazara. Elena fue a sentarse algo más lejos en un banco de piedra, procurando que un árbol la ocultase. Antes de un cuarto de hora de espera vio llegar a su marido. El corazón le dio un terrible vuelco. Su estatura elevada, su cuerpo fornido y la boina que le cubría la cabeza le daban un aspecto completamente vasco. Elena observó con sorpresa que no había envejecido poco ni mucho; ni una cana más; la misma o mayor frescura en la tez; igual marcha decidida y ligera. ¡Qué diferencia con ella, tan flaca, tan estropeada! En cuanto los chicos le divisaron corrieron a rodearle como un bando de gorriones alborotadores. Don Germán se sentó a descansar en uno de los bancos de piedra, charlando, riendo con ellos. Sus carcajadas llegaban alegres, sonoras, como en otro tiempo a los oídos de Elena, pero ahora sin saber por qué ¡ay! le partían el corazón. Una zagalita de trece a catorce años de puro perfil virginal y el moño de la cabeza apretado por un pañolito azul al estilo del país se acercó a Reynoso y apoyó el brazo en su hombro con encantadora familiaridad. Elena sintió la mordedura de los celos y le clavó una mirada fulgurante capaz de reducirla a ceniza.