—Vamos, vamos, hijos, que ya se hace tarde—dijo el caballero levantándose y entrando en la iglesia.
Poco después los siguió Elena, pero ya no vio a nadie. Sólo oía sus voces allá en el coro. Paseó una mirada de angustia por el ámbito del templo y, divisando en un altar una imagen de la Virgen, dio algunos pasos y se prosternó delante de ella y oró con fervor.
—¿Estamos ya?—dijo Reynoso en voz alta.
Inmediatamente se dejó oír en el órgano el preludio de Bach que suele servir de acompañamiento al Ave María de Gounod. Y el coro de niños entonó este canto admirable de amor y de dolor, de angustia y esperanza al mismo tiempo.
—¡Suave, hijos míos! Dulcemente... ¡como un murmullo!—se oía decir a Reynoso.
El obscuro recinto del templo se estremeció. Una ola de armonía celeste llenó instantáneamente todo su ámbito llegando hasta los más tenebrosos rincones. Elena se sintió enajenada. Se acordó de los días puros de su infancia, se acordó de aquellas oraciones fervorosas que dirigía a la Virgen antes de acostarse y volvió a murmurarlas con los labios trémulos. ¡Oh! ¿por qué no había muerto entonces? ¡Pero morir ahora, con el alma ennegrecida, después de haber engañado vilmente al ser que más la había querido en este mundo! ¡No, no, por Dios!
—¡Fuerte, fuerte, hijos míos! ¡Echad vuestra alma por la boca!
¡Morir ahora con la maldición de Dios y la de su marido! ¿Quién iría a poner una flor sobre su tumba? ¿Quién no miraría con horror la tumba de una pérfida mujer, de una suicida?
—¡María! ¡María!—clamaba el coro angélico haciendo vibrar el aire con aquel grito anhelante.
—¡Madre, madre, sálvame...! ¡Madre, escúchame!—sollozaba Elena con la frente apoyada en el altar de la Virgen, mientras apretaba con mano crispada el pomo fatal que guardaba en el pecho.