El templo quedó otra vez en silencio. Cuando Elena volvió de su éxtasis observó que el pelotón de niños salía por la puerta rodeando como antes a su marido. También ella salió, pero no podía andar; los pies le pesaban como si fuesen de plomo. Dejose caer sobre uno de los bancos del pórtico y allí aguardó un rato. Estaba ya obscureciendo. Levantose al fin y con paso vacilante se dirigió por la única calle del pueblo hasta la casa que le habían designado. La tienda estaba iluminada por una menguada lámpara de petróleo. Una mujer de media edad, gruesa, de fisonomía simpática, vestida de negro y ataviada la cabeza con el característico pañuelo de seda, escribía en un libro viejo de comercio sobre el mostrador.
—¿Don Ricardo Vázquez?
La mujer alzó la frente y clavó en Elena una larga mirada escrutadora.
—Aquí vive, si señora—respondió con esa gravedad peculiar de la raza vasca.
—Desearía verle.
La mujer volvió a mirar con insistencia desconcertante a la viajera y después de una pausa dijo:
—Bueno... iré a prevenirle... ¿A quién debo anunciar?
—No anuncie usted a nadie: quiero darle una sorpresa.
Entonces el semblante de la tendera reflejó la sorpresa, la duda y la alegría al mismo tiempo.
—¿Sería usted por ventura, señorita, su hermana, la hermana de quien tantas veces nos habla?