Elena vaciló un instante, pero respondió al fin:
—Sí; yo soy.
—¡Oh señorita!—exclamó la buena mujer viniendo hacia ella con el rostro iluminado de placer—. ¡Cuánto se va a alegrar! No sabe usted lo que la quiere. Siempre la tiene en los labios y yo creo que la tiene a usted más guardada todavía en el corazón... Si es usted tan buenaza como él, todos daremos gracias a Dios de verla por aquí. En el pueblo no hay nadie que no le quiera ya, porque es un caballero de lo mejor, llano, caritativo, amigo de los pobres... Al principio de venir, como no se le conocía, corrieron algunas voces sobre si era esto o lo otro... habladurías de gente necia, ¿sabe usted, señorita? Pero el señor vicario nos dijo que cuidado con hablar una palabra de este señor porque era un santo...
—¡Sí que lo es!—murmuró Elena con voz temblorosa.
—Se le puede tener por la mitad del dinero que a otro. Nunca se queja, a nadie causa molestia: a veces por no llamar él mismo viene abajo a buscar a la cocina lo que le hace falta. En fin, no se le siente en la casa y por lo mismo todos andamos de coronilla para servirle.
—Estará triste, ¿verdad...? Ha tenido algunas pérdidas de fortuna...
—¿Triste? En los diez meses que lleva en esta casa todavía no le hemos visto un día triste. Cuando no está arriba tocando el piano, está aquí jugando con los niños. No se conoce, no, señorita, que haya tenido pérdidas.
Elena sintió que flaqueaba su valor.
—Con permiso de usted voy a subir... ¿Dónde está la escalera?
La buena mujer la condujo hasta el primer peldaño de una escalerita estrecha y obscura. Subió casi a tientas por ella. Cuando ya estaba a la mitad llegaron a sus oídos los acordes solemnes, penetrantes, de la novena sinfonía. Se agarró con ambas manos a la barandilla para no caer. Al fin hizo un esfuerzo supremo y subió los últimos peldaños. Entró en una salita modestísimamente amueblada. El piano sonaba más allá en un gabinete cuya puerta estaba entreabierta. Atravesó la sala y miró por la rendija. Su marido tocaba vuelto de espaldas a la puerta. Elena permaneció inmóvil algunos instantes y sintiendo que sus piernas flaqueaban y que iba a caer, apretó convulsivamente el frasco que llevaba y se aventuró a decir: