—¡Germán!
Pero la voz no salió apenas de su garganta. Reynoso no la oyó. Entonces atacada de súbita energía abrió de par en par la puerta y volvió a decir reciamente:
—¡Germán!
Reynoso dio un salto en su taburete y quedó en pie frente a ella. Una intensa palidez cubrió su rostro; pero inmediatamente brilló en él la cordial, la amable sonrisa de siempre y dio algunos pasos hacia ella con las manos extendidas.
—¡Bien venida seas, Elena, bien venida, bien venida!
La esposa infiel dio un grito y desplomándose cayó a sus pies sin sentido. Aquel recibimiento inesperado la hirió como un rayo. Don Germán se apresuró a levantarla, la colocó sobre un sofá y con una toalla mojada roció sus sienes. Luego le hizo oler un frasco de esencia. Elena tardó poco en abrir los ojos. Se apoderó de las manos de su marido y exclamó con voz apenas perceptible:
—¡Jamás, jamás le he querido...! ¡Jamás, jamás he dejado de quererte a ti...! Un capricho infame...
—¡Calla, Elena! En ti no caben los caprichos infames porque estás amasada con la pasta de los ángeles... Sintieron que tu corazón era inexpugnable y atacaron tu cerebro, que es más débil, pobre Elena...
—Gracias... bendito seas... ¡bendito seas por toda la eternidad...! ¿Me perdonas?
—Si no te hubiera perdonado, hace ya mucho tiempo que estaría muerto. ¿Cómo es posible vivir con un odio en el corazón?