—¡Ya no quiero, ya no pido más!—exclamó la infeliz mujer incorporándose y secándose los ojos—. Déjame marchar. Ahora ya puedo morir tranquila en cualquier rincón del mundo. Déjame marchar. Mi presencia te deshonra.
Al decir esto se puso en pie, pero Reynoso la retuvo por una mano y la obligó a sentarse.
—No, no marcharás. Una mano invisible y todopoderosa te ha traído de nuevo a mis brazos. Acepto ese don como los acepto todos. Hoy era feliz; mañana lo seré también porque ¡nadie, nadie en este mundo puede hacerme ya desgraciado! Nunca te ha dejado mi corazón, Elena. Mi mente te ha hecho vivir siempre conmigo tal como eres realmente en el fondo del alma, como serías también en la apariencia si no te hubieran arrastrado en un momento de desmayo las fuerzas infernales y misteriosas que aún palpitan en los obscuros rincones de nuestra naturaleza... Escucha: Allá, lejos, muy lejos, en el fondo de América, detrás de los Andes, conozco un valle tibio y risueño como un nido de amor. Un cielo siempre azul se extiende sobre él. El soplo de la brisa que llega del mar inclina la copa de los árboles y levanta un rumor más grato que ninguna música humana; los pájaros cantan; las flores exhalan de sus cálices perfumes embriagadores; el espíritu de Dios flota sobre el ambiente. En aquel valle la planta soberbia del hombre aún no ha dejado mucha huella. Allí correremos a refugiar nuestra dicha, lejos de este mundo que se llama cristiano y cubre de ignominia al que perdona. Allí viviremos el uno para el otro. Si no quieres ser mi esposa serás mi hija, serás mi hermana...
—¡Tu esposa hasta la muerte y más allá de la muerte!—exclamó Elena echándole los brazos al cuello anegada en llanto.
—Allí comenzaremos de nuevo la vida. Alzaremos una casita blanca con ventanas verdes. Vivirás rodeada de flores y yo de pájaros. Por la mañana te llevaré hasta la playa y revolverás sus arenas y recogerás preciosas conchas. Nos sentaremos sobre una roca y contemplaremos silenciosos aquellas olas azules que llegarán de lejos a mirarse en tus ojos y a besar tus pies. Al pie de una fuente clara tu cabeza reposará por las tardes sobre mi hombro, y el aire de la montaña, cargado de aromas, jugará otra vez con esos bucles de oro...
—¡Calla, calla...! Es demasiada felicidad. ¡Yo me ahogo!
—Aún quedan para ti días de sol en la vida, Elena mía. Para mí nunca ha dejado de lucir, porque lo llevo en el corazón. Huyamos, huyamos hacia la dicha.
—¡Sí, sí, huyamos!—exclamó Elena apretando sus labios con frenesí contra los de su esposo.
Pero repentinamente quedó inmóvil con los ojos extáticos.
—¿Y Clara que llega mañana?