—¿Clara?—preguntó Reynoso en el colmo de la sorpresa.
Entonces su esposa le dio cuenta de la desgracia que sobre aquélla pesaba y de la firme resolución que había manifestado de alejarse para siempre de su marido. Reynoso nada sabía de sus disgustos domésticos, porque jamás le hablaba de ellos en sus cartas. Sólo tenía conocimiento de la muerte desastrosa del marquesito del Lago. Quedose pensativo y una lágrima silenciosa rodó por sus tostadas mejillas.
—¡Pobre Clara!—murmuró—. Merecía ser feliz. Un destino fatal encadenó su vida a la de ese desdichado, víctima de su temperamento, víctima también de su egoísmo y de su orgullo... Está bien—añadió al cabo serenándose—. Mañana llega Clara, pasado saldremos todos para el Havre y dentro de tres días navegaremos en alta mar respirando el aire de la libertad y de la dicha. Dios, al devolverme una esposa y una hermana, me da también un niño a quien amar, un niño que será hijo de los tres y que endulzará nuestras horas con sus juegos y su risa. Aún pueden lucir para Clara también días de sol si sabe resignarse... la más alta sabiduría que podemos alcanzar los mortales sobre la tierra.
—Los tres te deberemos nuestra felicidad. Donde tú respiras, la atmósfera se llena de nobles y puros sentimientos. Eres, esposo mío, la imagen de Dios sobre la tierra, todo bondad, todo misericordia.
Guardaron ambos silencio y se miraron largamente a los ojos paladeando la dicha intensa de los primeros días de su matrimonio. Después de una pausa prolongada Elena sacó el frasco de veneno que llevaba en el pecho y sonriendo ruborizada:
—Mira—le dijo—. Si me hubieras arrojado de aquí, cuando salieses encontrarías detrás de esa puerta un cadáver.
—¡Eso nunca!—exclamó Reynoso apoderándose vivamente del pomo y arrojándolo al suelo—. ¿Me he suicidado yo cuando vi el cielo desplomarse sobre mí? El cielo se desplomó sobre mí, es cierto, pero yo me abracé a él y... ya lo ves, me he salvado.
FIN