—¡Qué atrocidad!—exclamaron riendo algunos.
—¡Vamos, vamos, Tristán!—expresó por lo bajo Clara pellizcándole suavemente el brazo.
—Además Peña es muy gordo—proseguía él sin hacer caso de la cariñosa advertencia—y dice con razón Gustavo Núñez que los hombres gordos no son capaces de bondad ni de maldad. Sólo los delgados son realmente buenos o malos.
Reynoso principió cómicamente a palparse y a palpar a Cirilo.
—¿Tú y yo somos delgados o gordos, querido?
—¡Pero qué chistosísimo es ese amigo de usted!—exclamó Elena con una entonación irónica que hirió a Tristán.
—No hay nadie que deje de reconocerlo—respondió friamente.
—Tampoco yo lo dudo, pero es lástima que ese talento no lo emplee en la pintura, de la cual hace ya tiempo al parecer que anda divorciado.
—Núñez ha obtenido la primera medalla y su cuadro está colgado en el Museo.
—Lo sé, pero desde entonces dicen los inteligentes que no ha producido nada que valga la pena, que se limita a pintar cuadritos de budoir, donde vive mucho más tiempo que en el estudio.