—Ese es el rumor de la envidia. Hay muchos en Madrid a quienes duelen sus triunfos: los hay también a quienes escuecen los latigazos que sabe propinarles.
—¿Es envidia también el decir que ya no vive de los pinceles, sino a costa de las mujeres?
—¡Sí; lo es...! ¡Y además una calumnia!—repuso el joven próximo a enfurecerse.
—Me sorprende, Elena, que tú te hagas eco de rumores tan feos—saltó Clara con una viveza bastante rara en su naturaleza—. Pienso que ningún daño te ha hecho Núñez para que le trates de ese modo.
Elena soltó una carcajada.
—¡Anda! ¿No aguardas a que el cura te eche la bendición para defender a los amigos de tu futuro?
Don Germán intervino con palabras conciliadoras. Aunque los hombres que gozan de notoriedad viven sometidos a la crítica y por lo mismo lo que contra ellos se dice tiene escaso valor, en este caso había que tener presente que se trataba de un amigo íntimo de Tristán. ¿Por qué molestarle haciéndole oír murmuraciones y críticas de las cuales jamás se ven libres los hombres de gran valer?
Tristán se calmó, y Elena, con su natural ligereza, pasó inmediatamente a otra conversación.
—¡Pero qué lindísimo budoir el tuyo, Elena, qué coquetón, qué elegante!—le decía Visita aludiendo al del hotel que estaba terminando en Madrid.
—¿Te gusta?