Cirilo cogió el libro riendo y se puso a leer. La lectura siempre tenía atractivo para ellos porque eran aficionados a la buena literatura y devotísimos de los mejores autores; pero ahora al aire libre, en tan poético paraje y con la excitación placentera que el paseo dado y la perspectiva que el suculento almuerzo les producía, era sin duda doblemente grata. A menudo Visita le interrumpía para hacer comentarios, unas veces deplorando la maldad de algún personaje o alegrándose de que la heroína fuese tan simpática, otras veces vaticinando alguno de los sucesos o peripecias de que la narración les iba a dar cuenta. Reían a carcajadas en alguna página y a la siguiente sin saber cómo se enternecían y hacían pucheritos, porque aquel autor gozaba el privilegio de subyugarlos y arrastrarlos al sentimiento que bien quería. Cuando Visita notó que su marido comenzaba a fatigarse le hizo cerrar el libro y lo guardó de nuevo en su bolsita. Se aproximaba ya la hora del almuerzo y se disponían a levantar el vuelo de aquel delicioso sitio cuando Visita percibió un leve ruido a su espalda.
—¿Quién anda ahí?—preguntó a Cirilo.
—Una pobre mujer—respondió éste.
—¿Qué hace?
—Me parece que anda recogiendo plantas.
En efecto, con una raída navajita aquella mujer iba cortando cardillos y guardándolos en una falda. Cuando se aproximó a ellos les dio los buenos días. Visita inmediatamente trabó conversación con ella y se enteró de su tarea. Los guardas le dejaban cortar cardillos: los que en algunas horas podía recoger los llevaba a la mañana siguiente a la plaza. Visita le preguntó cuánto solían valerle.
—Un día con otro treinta céntimos.
—¡Treinta céntimos!—exclamó asombrada.
—¡Ay, señorita! y esos días me doy por satisfecha porque al fin podemos comer pan en casa... Pero la señorita... (dijo un poco acortada fijándose en los ojos inmóviles de Visita).
—Sí, la señora tiene la desgracia de estar ciega—respondió Cirilo tristemente.