Hubo una pausa y al cabo la mujer profirió con acento desesperado:

—¡Ciega quisiera estar yo para no ver lo que veo en mi casa!—Y al mismo tiempo prorrumpió en amargo llanto—. Hace pocos meses que salí del hospital, donde me han cortado un pecho... Con el otro solamente alimento a mi niño..., es decir, pudiera alimentarlo si tuviese qué comer... ¡Pero no lo tengo! Mi marido es cochero, pero está enfermo de reumatismo sin poderse apenas mover y le han despedido de la casa... Ahora que está un poco mejor, no encuentra trabajo... Sin la caridad de los vecinos, que son casi tan pobres como nosotros, ya hubiéramos muerto de hambre hace tiempo... Algunas veces me dan pan y otras veces un poco de sopa... Pero la casa ¡ay la casa! Ya debemos cinco meses y de un día a otro nos pondrán los pocos trastos que tenemos en la calle... ¡Dios mío, Dios mío, qué va a ser de nosotros!

—¡Vaya por Dios! ¡Infeliz mujer!—exclamó Visita por lo bajo.

Cirilo sacó una moneda del bolsillo y se la entregó.

—¿Qué le has dado?—le preguntó su esposa al oído.

—Una peseta.

—Dale más.

Sacó un duro y se lo dio.

—¿Qué le has dado?

—Un duro.