—Dale más. Nosotros no tenemos hijos. Dios nos ha protegido hasta ahora y nos seguirá protegiendo.
Cirilo echó mano a la cartera y le entregó un billete de cincuenta pesetas. La mujer, sorprendida y roja de emoción y de alegría, no encontraba palabras para dar las gracias. Se deshacía en fervorosas bendiciones.
—¡Dios se lo pague, señorita, Dios se lo pague! ¡Bendita sea la hora en que su madre la ha parido! ¡Bendita la leche que ha mamado...!
—Pase mañana por nuestra casa. Ahora le dará una tarjeta mi marido—dijo Visita—. Tenemos amigos que están en mejor posición que nosotros y acaso puedan colocar a su esposo.
Iban ya lejos y todavía les seguía la voz de la pobre mujer que gritaba sin cesar:
—¡Dios les bendiga, señoritos! ¡Que nunca pase la desgracia por su casa...! ¡Que Dios la proteja, señorita, que Dios la proteja y ya que no ve la tierra le haga ver el cielo!
—Ya lo estoy viendo—murmuró Visita mientras dos lágrimas resbalaban por sus mejillas.
El coche les esperaba abajo. Montaron de nuevo en él y se trasladaron a la Bombilla. Antes de entrar en el gabinete que les tenían reservado dieron orden para que sirviesen también de almorzar al cochero. Pasaron después, y en un comedorcito agradable con vistas al río hicieron los honores al almuerzo, cuyos platos habían de antemano elegido. El paseo, el aire puro les había despertado el apetito. Visita bebió un poco más de lo ordinario y se quedó traspuesta algunos instantes en un sofá, mientras su marido leía el periódico que había enviado a comprar.
—¡Ea, ahora con la música a otra parte!—exclamó al cabo la ciega levantándose y sacudiendo la pereza.
—¿A qué parte?—preguntó Cirilo riendo.