—Tampoco es noble ampararse de su debilidad para dar rienda suelta a rencores injustificados y hacer daño a quien nunca se lo ha hecho a usted.

—Repito que no se me ha pasado por la imaginación jamás ocasionar a usted daño alguno y que sólo un chisme de algún malintencionado pudo hacérselo creer y ponerle tan obcecado.

—¡Obcecado! ¡obcecado!—exclamó Tristán con voz enronquecida ya por la ira—. No hay chismes, no hay malintencionados. Yo no puedo creer que tengan mala intención ni pretendan engañarme mis propios oídos. A la postre todo se descubre. Para quien no procede con lealtad el mundo es transparente. A hacérselo ver es a lo único a que he venido a aquí, o lo que es igual a decirles a ustedes que ya no me engañan y que desprecio como merecen sus falsos testimonios de amistad... Ahora queden ustedes con Dios. Me han declarado la guerra... Está bien, lucharemos. Lucharemos sí; ustedes en la sombra; yo cara a cara y a la luz del día. Buenas noches.

Y tomando el sombrero que tenía sobre una silla se lo encasquetó violentamente y salió como un huracán de la estancia.

Visita, cuyo estupor le había impedido pronunciar una palabra en esta breve escena, se dejó caer de nuevo en la silla y rompió a llorar.

—¡Dios mío, un día tan feliz como habíamos pasado!

Cirilo se pasó la mano por la frente y respondió con amargura:

—Ya ves, querida, que ningún día puede llamarse feliz hasta que suenan las doce de la noche.

IX

UN TROPEZÓN DE GUSTAVO NÚÑEZ Y OTRO DE SU AMIGO TRISTÁN