—¿Conspirar contra usted...? ¿Hacerle la guerra?
—Sí. ¿Por qué me hieren en la sombra y trabajan cautelosamente a fin de desbaratar mi próximo matrimonio?
—¿Qué está usted diciendo?
—Comprendo perfectamente—profirió Tristán sin querer hacerse cargo del asombro de Cirilo—que el afecto que les liga a sus parientes los señores de Reynoso (por más que el parentesco sea lejano) les haga ver el matrimonio de Clara poco ventajoso y apetecer para ella otro de más relieve. Comprendo igualmente que mi persona les inspire una secreta antipatía... que les hastíe, que les cargue. Eso pasa no pocas veces con aquellas personas que las circunstancias nos imponen la obligación de tratar... Lo que no puedo comprender es que hayan aguardado a última hora para hacer a Clara el favor de proporcionarle un enlace más ilustre o para mostrarme a mí su hostilidad... Bien es cierto—añadió con amarga ironía—que lo que está arreglado se desarregla y lo que está hecho se deshace.
—Permítame usted que le diga, amigo Tristán, que no entiendo lo que usted quiere decir ni aun el paso que usted acaba de dar visitándonos en esta forma brusca y desusada... es decir, sí veo que está usted irritado y que juzga que nosotros le hemos hecho algún agravio en lo que se refiere a su próximo matrimonio, pero por más que discurro no sé dónde está ese agravio. Lo mismo Visita que yo nos hallamos tan contentos y nos parece tan bien esa boda que precisamente en este momento hablábamos de ella con alegría y nos felicitábamos de que...
—¡Bien, bien, dejemos eso!—exclamó Tristán con aspereza. Aquellas palabras le parecían el colmo de la hipocresía y de la impudencia.—No necesito decir a usted que la alegría o la tristeza de ustedes en lo que a mi boda se refiere, aunque en sí mismas tengan mucha importancia, para mí la tienen secundaria. Puedo casarme o permanecer soltero y vivir bien o mal y ser feliz o desgraciado sin que en ninguna de estas cosas influya de un modo decisivo la alegría o la tristeza de ustedes... Pero si no influyen sus sentimientos pueden influir las acciones. Todos estamos expuestos en la vida a tristes desengaños, a las asechanzas de nuestros enemigos... y a la traición de nuestros amigos.
—¡Vea usted lo que está diciendo, señor Aldama!—profirió Cirilo perdiendo la paciencia e incorporándose en la butaca—. Considere usted que con esas reticencias me está usted ofendiendo y que yo no le he dado motivo alguno para ello.
—«Lo que está arreglado se desarregla y lo que está hecho se deshace»—repitió Tristán sonriendo sarcásticamente—. Hasta ahora nada le he dicho ofensivo... No ha sido más que la queja de quien se siente herido. Pero no respondo de que más tarde no pueda decirle algo que le moleste de veras.
—¡Pues entonces cortemos inmediatamente esta conversación!—exclamó Cirilo apoyándose con mano crispada sobre la mesa para levantarse—. Considero a usted un hombre de honor y sé que se arrepentiría de haber ofendido a quien carece de medios para pedirla reparación de la ofensa.
Visita se había puesto en pie también vivamente y Tristán hizo lo mismo.