—Buenas noches.

Al oír el saludo, la sonrisa de Visita también se apagó: su fino oído de ciega había notado algo extraño en el timbre de la voz.

Después de preguntarse por la salud y de unas cuantas frases superficiales, Tristán abordó con premura, pero en tono afectadamente sosegado, la magna cuestión que allí le conducía.

—El objeto que me trae a estas horas (aparte del placer que siempre tengo en verles y en departir con ustedes) es un poco raro, un poco molesto... acaso también un poco ridículo... Pero en fin, en este mundo no es todo corriente y agradable por desgracia: alguna vez hay que tocar también en lo molesto y en lo ridículo, y a mí me llega el turno a la hora presente. Desearía obtener de su amabilidad me dijese si en el tiempo que llevamos de relación amistosa he incurrido en su desagrado por alguna acción o por alguna omisión que les haya molestado, si han observado ustedes en mí algo que no estuviese de acuerdo con una franca y leal amistad, o bien si inadvertidamente creen ustedes que les ocasioné algún perjuicio.

Cirilo y Visita permanecieron mudos, estupefactos ante aquel extraño discurso.

—Deseo saber—repitió al cabo de un instante, recalcando más las palabras—, si en el curso que hasta ahora ha seguido nuestra amistad tienen ustedes algún motivo de queja contra mí.

—Me parece ociosa la pregunta, Tristán—manifestó Cirilo recobrándose—. Demasiado sabe usted que nunca nos ha dado motivos para otra cosa que para estimarle en lo mucho que vale y considerarle como uno de nuestros buenos y cariñosos amigos.

—¿Tampoco les he ocasionado perjuicio alguno de un modo indirecto, esto es, sin darme cuenta de ello?

—Absolutamente ninguno que yo sepa.

—Está bien... ¿Entonces por qué conspiran ustedes contra mí y me hacen la guerra?