—¿Un ratito nada más, verdad? Cinco minutos echando por largo.

El agua bajaba brincando entre rocas manchadas de musgo. El lecho rocoso era demasiado grande para tan pequeño arroyo; pero en los meses de invierno cuando venía rugiente, amenazador, no bastaba a encauzarlo. Sus orillas en fuerte declive estaban tapizadas de tan menudo césped que parecían una colcha de terciopelo verde. Sombreábalo por entrambos lados un macizo de mimbreras y sauces, bardagueras y chopos.

Allí se sentaron dejando los caballos amarrados. Tristán se mostraba por momentos más tranquilo, más feliz y más tierno.

—No sé lo que me pasa, Clara mía—murmuraba reclinado a sus pies y contemplándola con embeleso—, pero me hallo distinto de lo que hace unos momentos era, distinto de lo que he sido toda la vida. Me siento inquieto, pero es una inquietud deliciosa, muy lejana de esa otra dolorosa y amarga que tantas veces me acomete; es una inquietud que corre por mis venas como un bálsamo, que me oprime el corazón dulcemente y me hace dichoso. Estos árboles, este césped, estas flores, este sol tienen la culpa... Pero sobre todo son tus ojos, Clara, son tus ojos tan brillantes, tan nobles, tan serenos los que me arrancan de las tristezas de la tierra para trasportarme al cielo.

—¿Estás contento de ser mío dentro de poco?—preguntó ella inclinando suavemente su cabeza.

—Tanto, que el tiempo que falta quisiera pasarlo dormido.

—Yo no; yo quiero estar despierta y sentir los pasos del tiempo. Quiero ver mi equipo, tocarlo, guardarlo, quiero ver mi blanco traje de novia, quiero pensar en mis zapatos, en mis camisas, en mis gorros, quiero sacar de su estuche las joyas, quiero recibir los regalos que me envíen las amigas. Vosotros los hombres no sabéis lo que pasa por nuestro corazón en este tiempo.

—Quisiera dormirme, sí, quisiera despertar en tus brazos y que infundieses de una vez en mi alma ese sosiego adorable que se escapa de tu rostro, que hicieses correr por mis venas esa frescura virginal en que se baña tu pura naturaleza, que soplases en mi corazón el aliento de tu caridad inagotable. Aborrezco a los hombres y quisiera amarlos, quisiera amarlos como me amo a mí mismo cuando tú me miras, Clara de mi alma. Aquí dentro hay algo bueno, algo santo, pero el sagrario en que se encierra no está guardado por ángeles, sino por diablos.

—No temas, Tristán—profirió la joven sorprendida y enternecida por aquellas palabras—, no temas; yo no soy un ángel, pero sabré guardar y respetar los sentimientos nobles de tu corazón. Esos diablos no podrán nada contra la fuerza de mis manos.

Tristán tomó una de ellas entre las suyas, una bella mano fría, tersa, maciza, de virgen amazona y la llevó con pasión a los labios.